jueves, 25 de octubre de 2018

Delirios y tangos

Hace unos días que tu rostro me persigue por las esquinas de ese tango profundamente seductor que me reconoció una noche paraguaya entre anhelos y despertares. Mi alma está sedienta de apremios, como antaño, cuando caminábamos de la mano de un atardecer cristiano y vulnerable. Dame un beso lastimero, como aquellos que cantaba Gardel. Dame una mejilla sudorosa, tras horas de pasión casi arrepentida, con alcobas vacías a lo Sabina. Dame un instante de placer bohemio, de esos que afloran en el corazón de los insatisfechos. 

Arrastro un pie, y luego otro. Me quito el sombrero, y peleamos por él entre giros y bemoles. Compongo un desastre que se estrella catastróficamente contra tu muslo, aún anhelante. Me desvías por el buen camino, tras todos los esfuerzos que me costó sacarte esa sonrisa trémula. Te odio, y te quiero, y te sigo extrañando en una noche de inquietudes y pesares. Cómo me gusta ese hoyuelo tuyo tras cuatro hamburguesas infranqueables. Ay, mi diminuto armario de más de un millón de pesares. Me inspiras, y me sabes a melocotón entre los enjambres que acompañan tus más pequeños ademanes. La prosa nunca fue lo mío, pero definitivamente sí los manjares de la carne, que te esfuerzas por disimular entre calambres de otras edades. 

¿Sabías acaso del divorcio de los alemanes? Tus amigos me mostraron tus virtudes y me enseñaron a amar, Francia me dejó un gran champagne, los italianos un irrefrenable sentimiento de odio hacia aquellos ademanes, tan ajenos a mi mediterránea España. Otro giro, y gano yo. Dame otro beso que no me acuerdo de cómo sabías tras tres caladas. Se entremezclan la cordura y la fama. Tú me inspiras, como Jobs a la tecnología precaria. Me recuerdas a las dietas de los bajos fondos, esos que juré respetar. Y entre la neblina y la muchedumbre, sólo un fa. Cómo te quiero, vida mía. Te adoro más que los perros a la noche, más que Spielberg a Ryan. Más que los argentinos a vos. Convulsiono como una ingrata. 

Me pongo mis delicadas perlas y me visto de fulana. Ya sabes cuánto me gusta deleitarme con las más astutas nimiedades. Sólo tú lo sabes. Te debía un escrito, y tuyo es. Porque sólo tú sabes cómo, y sólo tú sabes dónde. También sabes por qué, aunque sólo tú sabes también por qué eso no es en absoluto importante. Mi cabeza da vueltas, como en un Vie en Rose descompasado y estridente que nadie entendería, ni siquiera tú. Te gané una vez más, frente a ti, dos extraños bailando en una pista vacía. Ya no lloro ni una lágrima. Me volviste fría al comprobar que ya no necesitaba ripiar por un amor que rechacé, que ya no volverá. 

Las piernas vuelan a placer, la mente gira entre la muchedumbre, los ojos se centran en un pecho amplio y firme. Mi hueco -siempre mi hueco- me muestra el amor que, de cuando en cuando, me convierte en muchacha inocente y artista. Un dedo, un símbolo, un arpegio que me devuelve a la vida de mi siglo postmoderno y frugal. Teclea con precisión, observa con criterio y vuelve a mí. Porque estoy aquí, expectante de ese maldito beso que sigo esperando. Ayer me limité a devolverte la mirada desde el otro lado del ruedo, y aún estoy aquí postrada esperando que las manos me guíen en un escrito delirante de besos a medianoche, de pasos a mediodía. Pescado o carne. Esa es la cuestión.

Vislumbro tus ojos, óculos penetrantes, que me animan a seguir escribiendo a camino entre Cela y Silvio. Hoy es noche de tango. Dame un sí en el bandoneón que me embriague toda una semana, que me recuerde que la gasa de nuestro amor no murió si no ayer, sino mañana. 

Pon el despertador a las dos, que la alondra cantará y Cookie querrá un poco de ese mismo amor. No huyas, no sientas terror, que Dios clamará por tu perdón. Ay mi cumparsita, que tanto has luchado por moverte entre lazos y apremios, entre palabras y comprensiones incomprensiones. Entre preguntas de antiguos amores descarriados. Qué lástima que tu cabeza no siga esta locura. Qué pena que el olvido no pueda siquiera salvarme. 

Desde el balcón recuerdo cada gesto, y esa manera tan seductora de comer chocolate. De bailar bajo el neón desbordante. De acariciar a extraños intocables. Verborrea. Eso es lo más frustrante. No me quites el sombrero, que nos mira mi madre.

Llámame algún día, o al menos, ámame entre manjares. Que hoy sólo deliro entre los de tu clase. Me cortaste un pelo, o solo medio. Sólo el tango lo sabe. Dame ese anillo y abre. Delírame. Sólo abre.

martes, 31 de julio de 2018

Lucas

Eran poco más de las seis de la mañana, y el mundo entero estaba patas arriba. Lucas suspiró de nuevo, casi con desánimo, dejándose llevar -una vez más- por la avariciosa sensación de tomarse una copa más. No se acordaba de la última vez que amanecía sin resaca, pero tampoco le importaba mucho. 

Reptó medio inconsciente hasta la cocina y descubrió que ya sólo quedaba una litrona de cerveza que unos días antes había abandonado a medias, vencido por la borrachera, ya sin gas y con cierto sabor a nevera.

Se sentía deprimido y algo rancio, como el ambiente de su salón, viciado por el humo y el olor concentrado a whisky barato. Cogió un disco al azar de la estantería y lo metió dentro del reproductor. Tenía ganas de animarse un poco y olvidarse de la abulia que le consumía desde hacía ya más de diez meses. Se tumbó en el sofá, esperando a que sonara la primera canción, con la esperanza de que se tratara de algún hit del verano del 82. Pero se sorprendió sobremanera cuando se encontró con uno de los más -tétricos y deliciosos- nocturnos de Chopin. Movió la cabeza al son de la melodía, como lo hacen los macillos del piano. Dio un sorbo a aquel brebaje repugnante y disfrutó de cada nota, sintiéndose de nuevo un niño, cuando merendaba en casa de su abuela pan con chocolate. Cuando jugaba al escondite y la emoción le perseguía, cuando el viento tenía ese ligero punto placentero. Y se planteó una vez más qué era la muerte, para qué servía, por qué estábamos vivos. Nunca entendió lo que que era la vida, ni falta que le hacía...

Y de nuevo se acordó de Laura, aquella chica de mirada penetrante que le conquistó el corazón en su juventud, a pesar de que la cosa nunca llegó a mayores. Recordaba su sonrisa inquieta, y su forma maravillosa de oler los bombones antes de dar el primer mordisco. Se acordó de Laura, y se maldijo por no haber tenido la valentía de invitarla aquel mes de julio a tomar un helado y dar un paseo juntos. 

Ahora Lucas se enfrentaba a la peor de sus suertes. Había pasado gran parte de su vida adulta cuidando de una mujer enferma. Se había casado con ella, aunque aún no recordaba muy bien por qué. Hizo acopio de todas sus fuerzas por recordar el día en que la había conocido, sentada en un parque con un vestido fino de algodón. Parecía una mujer delicada, aire fresco, como hierba recién cortada. Salieron juntos apenas unos meses antes de que ella le dijera que padecía de leucemia. Fueron unos años muy duros, en los que él se sintió responsable de ella. Era tan vulnerable y estaba tan sola y tan enferma, que no se le ocurrió nada mejor que proponerle matrimonio para aliviar -de alguna forma- su pena. Y así pasaron los días, y los meses, hasta que María murió, un frío día de diciembre. Él sostuvo su mano hasta el final, y al entierro no fue nadie más que su antiguo jefe y una prima lejana de Almería. Quisieron decir que todo se había celebrado en la más estricta intimidad, pero sólo él sabía que nadie más quiso ir al entierro de una enferma solitaria y terminal. 

Nadie sabía mucho de ella. Sólo que era una pobre alma hundida, abandonada a su suerte nada más nacer, criada en un orfanato de monjas desde los primeros tres días de vida hasta que conoció a Lucas, que juró cuidarla hasta el día de su muerte. Y él sólo sentía que lo único que había hecho en su vida era velar a una moribunda durante años, con sus altibajos y sus miedos, y quedarse con una mísera pensión de viudedad que al menos cubriría los gastos de su más que evidente alcoholismo. 

Lo que Lucas no se atrevía a decir, ni siquiera a sí mismo, era que siempre había odiado a esa mujer. Le hizo gracia los dos primeros días, cuando acababa de asumir que jamás llegaría a nada con Laura. Pero nunca la había amado y quizá por eso la odiaba. Era su penitencia. Odiaba su forma de vestir, odiaba su manera de hablar, pero sobre todo, detestaba el olor que se quedaba en la habitación después de hacer el amor. Siempre pensó que rompería con ella antes de dar un paso más, pero en el momento en que María le confesó su enfermedad, le pareció inhumano abandonarla. Aún conservaba ese extraño sentido del honor que había heredado de su padre y que le impedía decir a una mujer en su lecho de muerte que se negaba a ser su esposo, aunque fuera sólo por unos días.

Y así llevaba casi un año, arrepintiéndose de sus decisiones, rezando a todos los dioses en los que creía - y en los que no- por que le dieran la paz que no sabía encontrar dentro de sí mismo. Y así llevaba también la misma cantidad de tiempo, si no más, pensando en la única mujer a la que había amado y había dejado escapar, por otra a la que había llegado a odiar por un sentimiento ridículo y antiguo. Y la culpabilidad le carcomía por dentro por decir esas palabras de una difunta, de su esposa, porque no era capaz de verbalizarlos en voz alta.

Quiso alejar todos esos pensamientos, y se centró en el nuevo nocturno que sonaba en el ya malgastado gramófono. Al fin y al cabo, era lo único que le quedaba de su mujer. Y con cada bemol y cada arpeggio se fue quedando dormido, como cada noche, en un plácido sueño etílico. Pero toda la culpabilidad y toda la pena acababan yéndose, aunque fueran unas horas, para no volver hasta el día siguiente. 

Y entonces la música dejó de sonar. Y Lucas durmió.

domingo, 28 de enero de 2018

Ir sola a por hamburguesas

He oído que ayer fuiste sola a por hamburguesas. Pero tú eres mi otra mitad. He conocido a muchos hombres en este impasse. Quizá peco de libertina, o puede que de liberal. Pero, al fin y al cabo, qué es lo que importa. Dan igual todos los poetas, los ligues de una noche, y todas las copas de champagne francés (cava? En serio?). Cualquier persona que te ofrezca cava no merece la pena. Tengo óvulos fuertes, como mis abuelas. Tengo sentimientos fuertes, como mis padres. Y tengo alumnos fuertes, como mi cartera de clientes. Da igual que bebas tanquerai o london. Al fin y al cabo, siempre estás tú al final. Soy un asno en el amor. Como decía Shakespeare....

miércoles, 30 de agosto de 2017

A mi Churri

Sólo hoy, porque te quiero, puedo devanarme los sesos buscando una serie de adjetivos que describan este enamoramiento loco -casi maternal- que te acompaña. Recuerdo el día en que naciste. Fui a verte al hospital, y alguien me ofreció a escondidas una caja de lenguas de gato. Tenías los ojos cerrados, como con miedo a mostrárselos al mundo. Pero los abriste así, sin previo aviso, y me miraste embelesada, sabiendo de manera tácita que jamás te haría daño. 

Con manos diminutas, y un gesto malhumorado, rebusqué en tus pensamientos alguna idea de qué soñabas, sin lograr apenas resultados. Y es que estás ahí, en realidad siempre has estado. Recuerdo los pucheros que hacías al saberte sola en el salón, o los berridos después de la siesta. Recuerdo cómo encontrabas mis cosas bajo la cama antes de una buena juerga -a mi manera-. Y recuerdo, sobre todo, los momentos que compartimos tras muchos días en vela. Buenas noches, que duermas bien y hasta mañana. Noche tras noche, día tras día...

Este año te vi vestirte de gala, como tantas veces antes. Pero ahora es distinto, porque ya nunca más saldrás de mi casa. Con traje verde -verde Esperanza-, y mirada aún inocente, como tus alas, decidiste viajar lejos, romper un poco mi alma. Y por eso te quiero, y por eso me embalsamas. Porque sólo tú -sólo tú- sabes bien cómo me atrapas. Porque sólo tú sabes que a él también le quiero, y que le perseguiré hasta el fin del mundo si de alguna forma te mata. Porque en poco más de un mes celebraremos juntos tu boda. Y porque me alegro tanto por ti, que no hay forma posible de explicarlo sin lanza. 

Dime cuándo te veo, que tu ausencia me exalta. Dime cuándo te veo, hermana, que te echo de menos. Algo me falta en el alma. 

P. D. Estoy deseando ser bi-tía! Tiempo te falta!




domingo, 25 de junio de 2017

6. Raquel y Piluca

Para leer la primera parte, pincha aquí (1. Raquel y Pablo).
Para leer la segunda parte, pincha aquí (2. Raquel y Marta).
Para leer la tercera parte, pincha aquí (3. Raquel y Juan).
Para leer la cuarta parte, pincha aquí (4. Raquel y Olga).
Para leer la quinta parte, pincha aquí (5. Raquel y Oliver).

Raquel trató de tranquilizarse, aunque no sabía muy bien cómo. Siempre había pensado que conseguiría superar todo aquello de alguna manera mágica, que Dios o sus padres le mandarían la fuerza necesaria para enfrentarse a un problema para el que obviamente ella no estaba preparada, aunque en aquel momento, con Pablo al otro lado de la puerta poseído por los celos, pensó que probablemente moriría allí, sola y angustiada, y que nadie acudiría a socorrerla. 

- No pienso abrirte la puerta -dijo ella, profundamente asustada-.
- Raquel, ábreme. Sabes que no voy a hacerte daño -sus palabras sonaban sinceras, aunque su tono no decía lo mismo-.
- Pablo, me das miedo.
- ¿Que te doy qué? -dijo él, incrédulo-. ¿Te montas en el coche de un tío al que no conoces de nada, y el que te da miedo soy yo? ¿Qué demonios te está pasando? -increpó Pablo, con un tono de voz mucho más alto de lo normal, en el que se notaba su angustia, su miedo y, sobre todo, su rabia-. Por favor, déjame entrar. Sólo quiero hablar. Te quiero más que a mi vida, haría cualquier cosa por ti, y lo sabes. Sólo quiero comprobar que estás bien y que ese hombre no te ha hecho nada. Necesito un abrazo. Te juro que no voy a hacer nada. Ya estoy mucho más tranquilo, pero necesito saber que estás bien.

Raquel se lo pensó dos segundos, pero él había dicho las palabras mágicas. Probablemente no había nadie en el mundo que la conociera mejor, y él sabía qué decir en cada momento para conseguir que ella bajara la guardia. Se acercó a la puerta lentamente, con todas sus alertas gritándole a viva voz que no le dejara entrar, pero se sentía muy sola, muy débil y, sobre todo, muy querida, así que giró la llave las dos vueltas necesarias para abrir, giró el pomo, y dejó entreabierta la puerta a modo de invitación. Él se quedó en el umbral, mirándola a lo lejos, esperando una palabra de aliento que le indicara que deseaba su compañía. Estuvieron así unos cinco minutos, en un tira y afloja visual, en el que ella no daba su brazo a torcer, y Raquel dudaba hasta de sí misma. Finalmente se deshizo de sus corazas, se dio la vuelta, y le indicó con la mano que pasara. En realidad, hacía mucho frío en la calle.

- ¿Quién era ese y por qué has salido de su coche?
- Un tío con el que he tenido una cita.
- ¿Un tío con el que has qué...?
- No te pongas tan alarmista. Ya te conté que me había apuntado a la casamentera, y éste es el primer chico con el que he quedado. Quiero apostar por esta nueva relación. Parece un hombre serio, y sobre todo, parece dispuesto a apostar por mí...
- ¿Que parece dispuesto a qué? -Pablo estaba alucinado. Nunca pensó que ella hubiese hablado en serio respecto al Oráculo de Delfos, y sin lugar a dudas no pensó que fuera capaz de quedar con otro que no fuera él. La rabia le consumía por dentro y empezó a golpear con todas sus fuerzas el sofá-. ¿Cómo se llama? ¿Te has acostado con él? ¿Os habéis besado? ¿Estás enamorada? -lo decía mientras golpeaba con fuerza todo lo que estaba a su alcance, dejando a Raquel con un sentimiento de inferioridad brutal, y un pánico instintivo a perder la vida-.
- Pablo, para -gritó Raquel, profundamente asustada-. ¡Para! -volvió a gritar-.
- ¿Es que no te das cuenta? Estoy perdiendo al amor de mi vida delante de mis narices y no puedo hacer nada -y entonces siguió rompiendo cosas en el salón, para la desesperación de Raquel, y la angustia de Pablo-. Yo te quiero. Te quiero más de lo que he querido a nadie. Estoy dispuesto a renunciar a mis hijos, a mi mujer, a mi dinero. Lo único que quiero es acostarme contigo cada noche, y mirarte a la cara cuando te levantas. Quiero darte besos a diario en ese diminuto lunar que tienes al lado del ombligo. Quiero ver cómo das el primer sorbo de café por las mañanas y suspiras de placer. Quiero comprarte zapatos caros porque disfrutas sintiendo el cuero en tus plantas al caminar. Quiero llevarte a los mejor hoteles del mundo y satisfacer todas tus necesidades. Quiero que seas feliz. Raquel, déjame hacerte feliz.

Y entonces Raquel se rompió de nuevo, abandonándose al placer de saberse querida. Se entregó a Pablo sin pensar, sin siquiera saber. Pero en realidad Pablo la quería. Pablo conocía sus secretos más oscuros, y la quería a pesar de todo, y se convenció a sí misma de que aquello era lo mejor, se convenció de que nadie la querría como Pablo. Y se fundió en sus brazos aquella noche, irremediablemente, una vez más.


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Raquel se despertó con un desasosiego que se salía de sí misma. No se podía creer que hubiese perdonado a Pablo una vez más, a pesar de su arranque de ira. Sabía que se estaba traicionando a sí misma, y se arrepintió -una vez más- de haberse dejado llevar por la falsa ilusión del amor cuando, en el fondo de sí misma, sabía que eso era cualquier cosa menos amor. Entonces decidió llamar a Piluca, su amiga de la infancia, para compartir las noticias con ella. 

Piluca se había casado hacía pocos meses y estaba embarazada de gemelos. Aunque no siempre había sido así. Piluca era para Raquel un ejemplo de superación. Hacía años ella también había estado en el hoyo de una relación complicada pero, a pesar de todo, había conseguido salir de ella, recuperar sus emociones, y encontrar a un hombre maravilloso con el que formar una familia. En el fondo sentía un poco de envidia, aunque se alegraba profundamente por ella. Sólo Raquel sabía lo muchísimo que Piluca merecía todo aquello. 

Habían quedado esa misma tarde para tomar unas copas, aunque al llegar al bar de turno, Raquel se lamentó profundamente del plan al saber que su amiga se tomaría un té con leche. Y entonces se compadeció de sí misma, sintiéndose patética, pidiendo un gintonic después de comer para aligerar su lengua y el dichoso té para cuidar a las criaturas que se gestaban en el vientre de Piluca.

- Pero bueno, Raquel, ¿a qué vienen estas prisas? -empezó Piluca, en cuanto les trajeron sus bebidas-.
- Estoy muy triste. Me siento atrapada.
- ¿Pablo otra vez? - Piluca sabía lo de su aventura desde el principio. Piluca era su amiga del alma, su alma gemela, su confidente, y siempre compartía con ella hasta el más íntimo de sus secretos-.
- Sí -dijo, sin saber muy bien qué más añadir-. Ayer se volvió loco. Quedé con un tío y, cuando volví a casa, él nos estaba esperando escondido. Vio cómo me despedía de él, y no pudo resistir que le diera un beso delante de sus narices. Empezó a dar puñetazos a todo lo que tenía por delante y... -Raquel no fue capaz de continuar-.

Sus amigas ya habían empezado a formar sus propias familias y estaban ocupadas en otras cosas, y ella estaba atrapada en una relación que no sólo no le hacía feliz, sino que le hacía sufrir muchísimo. No sabía muy bien cómo romper con todo aquello y sabía que en el fondo, muy en el fondo, era una víctima de sí misma. Tenía un miedo intrínseco a la soledad del que se sentía incapaz de librarse, y seguía manteniendo la llama de lo que -quizá- un día fue, pero nunca más sería. Buscaba una vida normal, como la de todas las personas que le rodeaban, y por algún motivo incomprensible, no se sentía merecedora de conseguirlo. A cambio se conformaba con una cama caliente y un hombro sobre el que llorar que tenía que compartir con otra mujer que, a pesar de todo, era una señora de los pies a la cabeza.

- Sabes que siempre te apoyaré en todo lo que decidas -continuó Piluca- pero esta relación va a acabar contigo. Yo te voy a ayudar decidas lo que decidas. Pero no te rindas. Siempre has sido una mujer excepcional con aires de femme fatale. Sólo tienes que recordarlo.
- Ya... Efectivamente, se me ha olvidado. Ya no sé poner posturas seductoras, ni mirar a un hombre como antes. Se me ha olvidado lo que era que te mirasen como si fueras el mejor postre de un menú. Simplemente, he perdido mi esencia...
- Pues eso no puede ser. A ver, cuéntame lo de Oliver, y ya verás como sacamos muchas más cosas en claro...

Y entonces Raquel se sintió -un poco- como en los viejos tiempos, cuando hablaba con su amiga de sus ligues, y se reían durante horas ridiculizando antiguas historias de novios perversos en la cama, o aduladores de sus miembros, o simplemente panolis incompetentes. Raquel siempre había pensado que lo mejor del sexo era compartir la experiencia con sus amigas. Y ellas se habían pasado unas tres horas hablando de sexo. Quizá la vida no fuera tan mala, al fin y al cabo.

(Continuará...)

jueves, 25 de mayo de 2017

5. Raquel y Oliver

Para leer la primera parte, pincha aquí (1. Raquel y Pablo).
Para leer la segunda parte, pincha aquí (2. Raquel y Marta).
Para leer la tercera parte, pincha aquí (3. Raquel y Juan).
Para leer la cuarta parte, pincha aquí (4. Raquel y Olga).

Raquel se decidió por fin a entrar en su casa. Giró el pomo con mucho cuidado ya que prefería tantear cómo estaban las cosas antes de enfrentarse a la inminente bronca que la esperaba al otro lado de la puerta. Cuando cruzó el umbral, todo parecía bastante tranquilo, y siguió en silencio. Se fijó en que en la consola de la entrada había un montón de cartas apiladas, y se detuvo a hojearlas, no porque fueran asuntos urgentes -de hecho, sólo recibía facturas de los suministros y promociones del banco-, sino por hacer un poco más de tiempo. Al instante, notó las enormes y fuertes manos de Pablo rodearle la cadera desde atrás, y encajar deliberadamente la pelvis de Raquel contra la suya. Le dio un beso en la nuca, y ella empezó a plantearse -una vez más- si estaba haciendo lo correcto.

- Hola, cariño -dijo susurrando él ¿Es que acaso no se había dado cuenta ya, después de tres años largos, que odiaba que la llamase así?- ¿Qué has hecho en todo el día? -continuó, y giró a Raquel hacia él, como si fuera una pluma, para poner las bocas de ambos más cerca de lo que a ella le hubiera gustado-.
- Bueno... -había llegado el momento. No sabía ni por dónde empezar, pero estaba dispuesta a ser sincera con él-. Ayer, como te dije, estuve liada. Al final acabé en un bar tomándome unas copas, y...
- ¿Unas copas? -la interrumpió deliberadamente-. Pero si odias el alcohol. Y... -se inclinó sobre ella de nuevo, oliendo su pelo como un sabueso de caza- ¿Has fumado? -desde que Raquel empezó a salir con Pablo, años atrás, ella había decidido dejar de fumar, al menos delante de él, ya que -para su desgracia- estaba saliendo con un hombre de la brigada antitabaco. Ahora Pablo la miraba de manera inquisidora, como un padre cuando regaña a su hija por haber hecho algo realmente malo-. Repito, ¿has estado fumando?

Raquel le miraba fijamente a los ojos, sin saber muy bien qué decir. No entendía por qué se sentía tan intimidada por Pablo, pero la realidad era que ella intentaba hablar y lo único que le salía era un ligero balbuceo, más parecido a la carantoña de un bebé que a la respuesta de una mujer adulta.

- Verás, Pablo -empezó dubitativa-, como sabes llevo unos días muy nerviosa. No es que haya vuelto a fumar pero sí que he fumado un par de pitillos de vez en cuando.
- Pero, cariño -y ahí iba otra vez. Si seguía así le iba a costar mucho menos darle puerta-, me prometiste que jamás volverías a fumar. Las promesas están para cumplirlas. Creo que tu palabra no tiene ya mucho valor para mí.
- Y tú me dijiste que dejarías a tu mujer y te vendrías a vivir conmigo y aún estoy esperando a que cumplas tu promesa.

Pablo, que hasta ese momento seguía rodeándole la cintura con los brazos, le apartó las manos enseguida, dejando a Raquel hundida y sintiéndose realmente mal ¿De verdad era un delito tan grave? Pero si no le estaba haciendo daño a nadie, como mucho a sí misma.

- Raquel, a veces resultas tan inmadura -dijo él, confundiéndola aún más-. ¿Cómo voy a dejar a Marta si tú no paras de dejarme sin ofrecerme un futuro real?
- Quizá si viera que quieres un futuro conmigo no rompería contigo tan a menudo -Raquel se arrepintió al instante de pronunciar aquellas palabras. Lo último que quería era alentar de alguna manera a Pablo a seguir al pie del cañón-. En fin, -trató de cambiar de tema lo más rápido posible- ¿tú qué has hecho en todo el día?
- Esperarte. Como siempre -Pablo ya estaba de un humor de perros, pero Raquel estaba en racha, y le habían vuelto las pocas fuerzas que le quedaban para enfrentarse a su amante y explicarle de una vez que no estaba dispuesta a seguir siendo la querida de nadie-.
- ¿No te has ido a ver a tus hijos hoy?
- No me apetecía. ¿Me vas a decir de una vez dónde has estado? Y ya de paso, ¿por qué no me dices también dónde estuviste anoche? Bueno, dónde, y con quién.
Raquel no era muy de rezar, pero se acordó de una oración que le había enseñado su madre cuando ella era aún una niña. La recitó mentalmente porque pensaba, de manera también inocente, que de alguna forma alguien -Dios, alguno de sus padres, la energía- le mandaba fuerza para enfrentarse a las situaciones complicadas.
- Ayer estuve en un bar a las afueras. Me tomé un par de copas y volví a casa -tampoco había necesidad de contarle todo, por lo que omitió el encuentro con su mujer y la llamada a Juan-. Cuando llegué, hicimos el amor -se sentía asqueada al recordarlo-, esta mañana me he levantado con una resaca descomunal porque, aunque no era alcohol del malo, sí que bebí mucho, y efectivamente fumé todo lo que me aguantaron los pulmones. No podía verte esta mañana porque necesitaba pensar en lo nuestro, así que me he ido a hurtadillas, me he tomado unos mil cafés y luego... -se tomó un respiro antes de continuar- me he apuntado a una casamentera.
- ¿Que has hecho qué?
- Lo que oyes -ya había lanzado la bomba-. Me he apuntado a una casamentera. Estoy harta de ti, de tus promesas, y de que lo nuestro no avance. Estoy harta porque te he entregado los mejores años de mi vida y tú no paras de hacerme perder el tiempo. Así que se supone que en cuanto tengan a un candidato compatible conmigo, me llamarán para comunicármelo y tendremos una cita.

A Pablo se le iban a salir los ojos de las órbitas. Simplemente cogió su gabardina, que estaba perfectamente colgada en el perchero de la entrada, y abrió la puerta para marcharse. Cuando estaba a punto de salir, y sin girarse siquiera para mirarla a los ojos, dijo con la voz entrecortada:

- En el fondo no eres más que una pobre niña mimada, que no para de jugar con la gente a su antojo. Lo único que me consuela es que, como zorra, no tienes desperdicio.

Y se fue, sin permitirle añadir ni una sola palabra más.



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Raquel se quedó ensimismada al principio, y a los pocos minutos rompió a llorar desconsoladamente. Era consciente de que merecía algo mucho mejor que eso, y no entendía por qué no terminaba de creérselo. Sintió deseos de llamarle para disculparse por haberle hecho daño, y a la vez quiso correr hasta la cocina para coger un cuchillo, por si aparecía de repente, y clavárselo profundamente entre dos costillas. Con Pablo siempre era todo así de intenso, y puede que estuviera enganchada a esa relación que la hacía sufrir cada día, cada instante, cada milésima de segundo de su vida.

Se pasó la mañana como una zombie, yendo de un lado a otro sin rumbo fijo, sin siquiera saber muy bien qué hacer. Pensó en llamar a Piluca, su amiga de la infancia, pero tampoco estaba de humor para escuchar una reprimenda más. Las últimas palabras de Pablo resonaban en su cabeza como un martillo y, en el fondo, gracias a cosas como esta, al final siempre acababa dejando a Pablo.

Se sirvió una copa más de vino, consciente de que esa era la peor resaca de toda su vida. Subió al primer piso dispuesta a ver compasivamente los grandes clásicos románticos de Hollywood, y se ensimismó recordando a nivel mental sus escenas favoritas. Pensó en que quizá podría empezar por Lo que el Viento se Llevó. Se disponía a buscar la caja para poder meter la película en el reproductor, cuando recibió un mensaje de lo más desconcertante:

El Oráculo de Delfos se enorgullece de presentarle a su pretendiente: Oliver es un joven de 37 años, rubio, alto y de ojos azules. Está soltero y ha demostrado modales exquisitos. Le encanta la música y el deporte, tiene hábitos de vida saludables y un trabajo estable. Está deseando enamorarse y formar su propia familia.

Raquel tuvo que leer el mensaje varias veces ¿Aquello era una broma? ¿Había resultado que la casamentera no era más que un mercado de carne, en el que presentas una candidatura con logros y cualidades? ¿Y qué demonios le habrían dicho al tal Oliver de ella?

No tuvo tiempo de pensar mucho más, porque mientras se hacía las mil y una preguntas, le llamó su primer pretendiente del momento, con el que estuvo hablando más de una hora, y acto seguido decidieron quedar esa misma tarde para conocerse y salir de dudas. Raquel pensó que algo malo tendría que tener ese chico porque, al menos sobre el papel, parecía el hombre perfecto para ella. Se sentía nerviosa, un poco frívola, y casi adolescente. Comió algo, decidió dejar de beber, se dio una ducha, y empezó a ponerse guapa para Oliver.

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A las seis en punto Raquel ya había llegado a la cafetería que habían acordado, pero no había ni rastro de él. Detestaba la impuntualidad, odiaba que le hicieran esperar, pero sobre todo, no podía soportar que no hubiera llegado él antes, ansioso, expectante, deseando conocerla en persona.

Al cabo de 10 minutos, él se presentó, y Raquel comprendió entonces dónde estaba el fallo de aquel hombre. De rubio no tenía nada porque estaba más calvo que una bola de billar, aunque al menos sí que era alto y tenía los ojos azules. Ella le explicó que él era el primer chico con el que quedaba y le contó que estaba nerviosa, a lo que él contestó amablemente que no iba a permitir que su encuentro fuera tenso, así que se esforzaría por tranquilizarla y hacerla reír. Entonces Raquel sintió alivio, y se centró únicamente en disfrutar.

Descubrió que su curioso acompañante era extranjero pero estaba viviendo en Madrid por trabajo. Tenía un ligero acento británico que le recordaba un poco a Mark Darcy, y vivía solo en una zona de moda del centro. Así, de primeras, le pareció un tipo normal y -siendo sincera consigo misma- era lo único que buscaba. El encuentro duró lo que tardó en acabarse el café y, aproximadamente una hora más tarde, él la acompañó hasta su coche, comportándose siempre como un caballero y, prometiéndole que la llamaría para una segunda cita.

Efectivamente cumplió su palabra, y al cabo de un par de semanas, la invitó a una diminuta marisquería de las afueras en la que todo el mundo parecía conocerle bien. No sabía si sería el dueño o solo un cliente habitual, pero les dieron un trato preferente, y Raquel se sintió entusiasmada por tanta atención. Pudieron hablar de cultura, de los últimos viajes a los que habían ido, de trabajo, de expectativas. Y parecía que todo marchaba estupendamente. A Raquel le pareció un hombre adecuado y Oliver debió de pensar lo mismo porque en ningún momento puso objeción alguna.

Tras la cena, se tomaron una copa en un chillout estupendo, en el que servían ginebras premium de importación con tónicas de autor y, una vez más, Raquel supo reconocer el esfuerzo de Oliver por impresionarla. Siguieron hablando, como si las palabras salieran solas, despedidas, como si ambos quisieran exprimir el momento, como si fuera la última vez que pudiesen tener una cita. Y ya, a eso de las cuatro de la madrugada, él la llevó por sorpresa a un local de bailes latinos, y se pegó a ella un poco más de la cuenta para enseñarle los pasos del merengue y la bachata.

Hacía años que Raquel no había salido hasta tan tarde con alguien, de hecho hacía años que nadie la había visto bailar. Y se sintió bien. Ya no estaba nerviosa, sino feliz, porque aún era joven, y había mundo más allá de su enorme casa, más allá de su ridícula sequía artística y, sobre todo, más allá de Pablo.

Unos dos o tres días después de la salida con Oliver, volvieron a quedar. Esta vez para una cena más tranquila en un diminuto italiano que había elegido Raquel. Hacían una pasta casera deliciosa, y probablemente el mejor tiramisú del mundo. La cena fue bien, aunque algo había cambiado. Quizá la energía no era la misma, quizá simplemente la vez anterior habían estado un poco achispados, o puede que solo era que la cosa no funcionaba. Comieron rápido, él pidió los restos para llevar -lo que a Raquel le pareció profundamente ruin-, y se ofreció a llevarla a casa. Ella aceptó, se montó en su deportivo de soltero, y unos diez minutos después ya estaba en casa. Miró el reloj y se sorprendió de que no fueran ni las diez de la noche aún. Y entonces Raquel no pudo evitar pensar en Pablo, en cómo siempre la acompañaba a casa, en su manera de pedir en los restaurantes la comida que a ella le gustaba, en las noches que aparecía en su casa con un ramo gigante de rosas frescas. Pensó en los momentos que había vivido con él, y le pesaron en el alma. Sintió cómo se le resquebrajaba el aliento, cómo se iba partiendo por dentro, cómo se liberaba de todas sus ansias. Pensó en llamarle, pero aquella última frase aún le carcomía en la conciencia. Entonces oyó cómo alguien aporreaba la puerta de su casa. Se asustó, y salió corriendo hacia la entrada.

- ¿Quién anda ahí? -preguntó con voz temblorosa, asustada-.
- Soy yo, ábreme -era Pablo, que gritaba entre agresivo y moribundo desde el otro lado. No paraba de dar golpes con todas sus fuerzas y, por un momento, Raquel pensó que iba a echar la puerta abajo-. Acabo de ver que salías de un cochazo con un tío. ¿Y ese quién era?

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viernes, 19 de mayo de 2017

4. Raquel y Olga

Para leer la primera parte, pincha aquí (1. Raquel y Pablo).
Para leer la segunda parte, pincha aquí (2. Raquel y Marta).
Para leer la tercera parte, pincha aquí (3. Raquel y Juan).

Raquel se despertó en mitad de la noche, y le costó un poco centrarse en recordar todo lo que había pasado el día anterior. Le dolían aún los pies a rabiar y tenía una resaca descomunal. Se prometió a sí misma que no volvería a beber en su vida. Ya puestos, se prometió no volver a beber, ni a fumar, ni a caer en las redes de Pablo, ni de Juan, ni de cualquier otro galán que se le cruzara por el camino. Se sentía fatal.

Salió de la cama, aún completamente desnuda, y fue a trompicones hasta el cuarto de baño que se encontraba en la habitación contigua. Se miró en el espejo y sintió lástima de sí misma al comprobar que parecía que le hubieran pegado una paliza. Tenía todo el maquillaje corrido, el rímel le llegaba casi hasta la barbilla, y tenía unas ojeras tan grandes que parecía un oso panda. Abrió el grifo y se inclinó sobre el lavabo para dar un par de sorbos largos de agua. Tenía muchísima sed y sentía la lengua acartonada. Oyó que Pablo la llamaba desde el dormitorio para que volviera a la cama, pero decidió fingir que no le había oído deliberadamente, cerró la puerta de un golpe, se tapó con la bata de seda que estaba colgada en la pared y se sentó en el retrete para tratar de ordenar sus pensamientos. 

Lo único que le consolaba era que no había llegado a quedar con Juan la noche anterior. Eso hubiera sido uno de los peores errores de su vida, pero no por el hecho de verle, sino por sus intenciones al haberle llamado. Sintió alivio al saber que aún le quedaba algo de cordura a pesar de su insistencia en hundirse muy profundamente en el hoyo de la insensatez y la soledad. 

Se incorporó de nuevo, dispuesta a no tirar todo por la borda, y se dio una ducha de una hora. Necesitaba relajarse, sentir el agua caliente aligerando el profundo dolor que le estaba matando la espalda, notar cómo el chorro caía desde su cabeza hasta sus pies, y cómo los problemas parecían irse también por el desagüe. Cuando salió, se envolvió con la toalla, tratando de cubrir su cuerpo al máximo, y volvió al dormitorio para vestirse lo más rápido posible. Una vez en la habitación, anduvo a hurtadillas para evitar despertar a Pablo porque sabía que si la viera prácticamente desnuda la haría volver a la cama y, a decir verdad, era lo último que necesitaba en aquel momento: sexo por culpabilidad.

Se puso la ropa interior a toda pastilla, y se decidió por unos vaqueros y una camiseta ancha. No sabía lo que haría ese día, pero estaba claro que no se iba a ir a una gala de etiqueta, por lo que pasó de todo, salió de la habitación, bajó las escaleras de dos en dos, cogió su bolso de piel de serpiente y se fue de casa, consciente de que Pablo la llamaría de un momento a otro para hacerle el clásico interrogatorio de ¿a dónde has ido un martes a las seis de la mañana?, a lo que ella respondería lo primero que le viniese a la mente para evitar decir la verdad -una vez más-. Entonces le mandó un mensaje explicándole que necesitaba estar tranquila y pasar un día a solas, y acto seguido apagó el móvil. Tenía ganas de irse al aeropuerto y coger el primer avión que saliese, pero se dio cuenta de que no estaba viviendo el argumento de una película americana, y sabía también que los problemas no se solucionaban huyendo de ellos. 

Necesitaba un café, pero no quería ir al bar de la esquina porque no le apetecía encontrarse a ningún conocido o vecino y tener que ser educada con todo aquel que se cruzara en su camino, por lo que callejeó durante unos diez minutos hasta que dio con una cafetería decente que estaba abriendo en aquel momento. Ese día no se sentía como una diva digna de tacones y barras, así que se abandonó a toda la humildad que fue capaz de reunir, y se sentó en una silla baja, normal, de las de toda la vida, y se puso las gafas de sol ya que estaba amaneciendo y la luz empezaba a destrozarle las corneas. Pidió un café con leche y el periódico del día. Necesitaba distraerse de sus diálogos internos negativos, y no se le ocurrió mejor forma de hacerlo que leyendo las verdaderas tragedias del mundo. Era una niña malcriada sintiéndose así de mal cuando la gente moría de enfermedades horribles, o en la guerra, o incluso de hambre. Y su único problema era que no conseguía tomar las decisiones acertadas en su vida, lo que le producía una constante y molesta sensación de infelicidad. Abrió el periódico al azar, y se sorprendió al descubrir que aún existía la sección de ofertas de empleo. Echó un vistazo por curiosidad. Raquel no había trabajado en su vida. Sus padres habían fallecido en un accidente de avión cuando ella era muy joven, dejándole una herencia multimillonaria con la que podría vivir mil años a todo trapo. Eso sí, odiaba hablar de ello, y casi nadie lo sabía, por eso trataba de vivir de la manera más austera posible. Y por eso también había dado carpetazo años atrás a Milo, el canalla cazafortunas del Nuevo Mundo.

Siguió leyendo el diario, sin prestar demasiada atención a las noticias, centrándose básicamente en los titulares y poco más. Se sorprendió también al descubrir que había páginas enteras con publicidad. Pensaba que los anunciantes ya no se planteaban los medios tradicionales pero, al fin y al cabo, puede que el mundo no fuera tan moderno como Raquel pensaba. Estaba leyendo por encima una noticia cuando un publirreportaje en la página contigua llamó su atención. Se llamaba El Oráculo de Delfos y, aunque a Raquel siempre le había parecido que la antigua mitología griega era una idiotez, también le apetecía saber de qué iba aquel artículo. Descubrió con curiosidad y recelo que la dueña de aquel gabinete amoroso juraba que podía presentarte a tu pareja ideal en pocos meses. Se sintió atraída por la idea de que el amor fuera tan fácil, y una vez más, se agarró como un clavo ardiendo a ese nuevo planteamiento. Arrancó disimuladamente la hoja del periódico en la que estaba el número y los datos de contacto de El Oráculo de Delfos, y decidió llamarles más adelante, puede que ese mismo día cuando abriesen la oficina. Al fin y al cabo, no tenía nada que perder. 

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Tres cafés más tarde, le pidió al dueño del bar si le dejaba llamar desde su teléfono fijo. No tenía la más mínima intención de encender su móvil, ya que se encontraría con un millón de llamadas de Pablo y no le apetecía hablar aún con él, y sintió cierta nostalgia al recordar aquella época en la que la ciudad estaba plagada de cabinas y no tenía la necesidad de andar pidiendo favores a nadie. 

Oyó la voz de un hombre al otro lado de la línea, y tras una breve introducción absolutamente estándar, pidió cita para media hora más tarde. La oficina no estaba muy cerca, pero podía coger un taxi y llegar a tiempo. Colgó, agradeció al dueño su amabilidad, le pagó sus múltiples cafés, y salió a la calle haciendo movimientos casi espasmódicos con la intención de conseguir un maldito taxi en la menor cantidad de tiempo posible, y unos diez minutos más tarde estaba sentada en un comodísimo asiento de cuero marrón, con la mirada perdida, y la ilusión renovada. Se sintió ligeramente alocada, como antes, y le encantó descubrir a esa Raquel que podía improvisar cualquier plan en cuestión de segundos. El trayecto se le pasó volando, y casi sin darse cuenta, estaba en la puerta de El Oráculo de Delfos. No sabía muy bien qué hacer. Se sentía un poco ridícula. Era joven y aún estaba de buen ver, no tenía hijos ni ningún tipo de carga, tenía dinero en la cuenta y suficientes amigos. Y aún así, no se sentía capaz de encontrar una pareja con la que compartir su vida de una manera plena, equilibrada, y sobre todo, normal. Se tomó un par de segundos más para respirar profundamente, y cuando se sintió preparada, llamó al telefonillo. Inmediatamente una voz la invitó a pasar. Ella empujó la puerta y se encaminó altiva y expectante a su siguiente aventura.

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No habían pasado ni cinco minutos cuando Raquel se dio cuenta de que se encontraba en el sitio correcto. Después de subir andando las escaleras hasta el segundo piso, se presentó y la pasaron a un amplio despacho de lo más refinado, con un escritorio precioso de estilo inglés. Al otro lado de la mesa estaba sentada una rubia despampanante, con los ojos achispados. La señora se levantó para presentarse, le tendió la mano a modo de saludo, le ofreció un café, y al ella rechazar su amable oferta, ambas se sentaron, cada una en su lado correspondiente.

La rubia, que se llamaba Olga, tenía un ligero acento extranjero que parecía ruso, aunque no estaba segura de aquello. Empezó preguntándole cómo había conocido la agencia, y ella explicó lo del anuncio en el periódico. Tras varias preguntas de cortesía, más por romper el hielo que por curiosidad, Olga le explicó cómo funcionaba el servicio, le dio un folleto con sus tarifas, y le habló de estadísticas y resultados. Raquel no sabía si aquello sería el timo de la estampita o una empresa seria, pero en realidad no le importaba lo más mínimo. Tenía sed de aventuras, necesitaba ampliar su círculo social pero, por encima de todo, quería pasárselo bien. Así que le dio su visto bueno, firmó las cláusulas de confidencialidad, pagó la indecente cantidad que le pedían, y comenzó a responder al exhaustivo cuestionario que garantizaba el éxito en las andanzas amorosas.

- Bueno Raquel, me alegro de que te hayas animado. Ya verás cómo te vas a alegrar enseguida de haber dado el paso. Hay mucha gente que no viene porque se consideran bichos raros, o porque piensan que las personas que llaman a la agencia sí que lo son. Pero la realidad es que aquí viene gente de todas las edades y clases sociales. Te sorprendería si pudieras ver nuestra base de datos -Raquel debió poner cara de pilla, porque inmediatamente Olga añadió-: lo que obviamente no puedes hacer. Pero bueno, empecemos con la entrevista. En primer lugar, ¿qué buscas en una pareja?

Raquel se quedó pensativa. Jamás se había hecho esa pregunta a sí misma, y se dio cuenta de lo importante que hubiera sido ir allí con las cosas un poco claras. Otra vez esa impulsividad que en la mayoría de los casos se convertía en un arma de doble filo. Se limitó a improvisar y responder lo primero que le venía a la mente.

- ¿Qué busco? Mmm -suspiró, haciendo ver que se pensaba la respuesta, más por aparentar tener cierto criterio que por estar inventándose algo que decir que no fuera una estupidez-. Busco enamorarme, me encantaría encontrar a un hombre que me quisiera con locura, que me cuidara cuando me pongo mala, y que quisiera formar una familia.
- ¿Tienes claro que quieres ser madre?
- Sí -respondió, para su sorpresa, sin siquiera pestañear-.
- ¿Sabes cuántos hijos te gustaría tener?
- Pues la verdad es que no lo sé. Supongo que esas cosas hay que ir viéndolas. Creo en la paternidad responsable, por lo que tendré los hijos que me pueda permitir no sólo a nivel económico, sino también a nivel físico y emocional. No quiero sobrecargarme y acabar contratando a una interna que sea la que realmente eduque a mis hijos. Eso sí que lo tengo claro.
- Pero aún eres joven.
- Ya lo sé, pero no tiene nada que ver con eso. Puede que con dos me plante porque la situación me supera o, por el contrario, me anime y tenga seis. Quién sabe. Ya se verá...
- ¿No te planteas ser madre soltera?
- Sï, me lo he planteado muchas veces, pero al final siempre descubro, de una manera profundamente egoísta, que quiero que el padre de la criatura me ayude. Y si pienso con detenimiento, también quiero que se involucren en la educación de mis niños.
- Bueno, veo que tienes las cosas bastante claras. Cambiemos de tema: ¿a qué te dedicas?
- Estudié Bellas Artes en la universidad porque quería ser pintora, pero ahora mismo estoy pasando por lo que podríamos definir como un periodo de sequía artística.
- ¿Ah, sí? ¿Y en qué consiste?
- Básicamente en que no puedo pintar. No paro de obligarme a sentarme frente al lienzo en blanco y todo lo que hago es pura basura, copias baratas de otros artistas, pero nada de lo que me pueda sentir orgullosa y mandar a una exposición.
- Ya veo. ¿Te había pasado esto antes?
- No, pero la sequía lleva ya unos cuantos años.
- ¿Y de qué vives?

Se hizo un silencio incómodo, y Olga se dio cuenta enseguida de que Raquel no quería responder a esa pregunta. Trató de tranquilizarla lo mejor que pudo:

- No te preocupes. Es sólo un dato más a tener en cuenta a la hora de ver las expectativas de tu futuro marido. Hay mujeres que desean ser amas de casa y son claras desde el principio, de la misma manera que hay hombres que no quieren mantener a sus mujeres y también lo dicen.
- Ya... Yo tengo una pensión vitalicia. Mis padres fallecieron hace unos años y me dejaron lo suficiente para ir tirando -una vez más, no había sido del todo sincera, ni siquiera con su recién estrenada casamentera, pero no se sentía capaz de presentarse como una cuenta andante en Suiza, sino como Raquel, solitaria y evasiva, crítica incólume, artista casi retirada-.
- ¿Y cuánto te gustaría que él ganara?
- A mí eso me da igual.
- ¿Y a qué te gustaría que se dedicase?
- También me da igual.
- ¿Hay alguna profesión que detestes? Por ejemplo, hace tiempo llegó una mujer que decía que detestaba a los abogados y que jamás podría estar con uno...
Raquel miró al cielo, pensando que había gente realmente estúpida por el mundo. Se limitó a sacudir los hombros para dar a entender que le importaba dos pimientos si era barrendero, economista o vendedor ambulante. Y terminó haciendo un gesto con la mano para indicar que podían continuar con el interrogatorio.
- Muy bien -siguió Olga-. ¿Te gusta viajar?
- Me encanta.
- ¿Sí? ¿Cuándo y a dónde te fuiste por última vez?
- El mes pasado fui a París unos cuantos días a visitar a un amigo que es el dueño de una afamada galería de arte. En realidad no hice nada de turismo. Sólo fui en busca de inspiración, y como puedes comprobar, no sirvió de mucho. Eso sí, disfruté inmensamente de la ciudad, como siempre.
- Ya veo. ¿Y antes de esa vez? ¿Algún gran viaje?
- Claro, el verano pasado fui a la India. Recorrí el país de arriba a abajo, algunas partes de mochilera y otras en hoteles preciosos. Hay que ver los contrastes que existen dentro del mismo país. En realidad, dentro de la misma ciudad.
- Ya -dijo Olga-. Yo pensé lo mismo cuando estuve hace unos años. ¿Te gustó?
- Sí, aunque no es mi país favorito. De hecho, dudo mucho que vuelva.
- ¿Por qué?
- Ver la pobreza, sentir la miseria, me mata. No puedo soportarlo.
- ¿Y tienes algún destino nuevo en mente?
- Sí, este verano quería irme a Cuba, aunque no sé si lo conseguiré.
- ¿Por qué no?
- Porque tengo que encargarme de unos asuntos pendientes de la herencia y voy a aprovechar el verano, que ya está a la vuelta de la esquina, para poner todo en orden.
- Comprendo... Bueno -siguió-, y ¿cómo te imaginas al hombre de tus sueños?
- ¿Que cómo qué? -Raquel se quedó pasmada, sin saber qué responder a aquello-. Pues como un príncipe azul, ¿no? Aunque soy consciente de que eso no existe.
- Sí -dijo Olga entre risas-, pero si te imaginaras al hombre perfecto para ti, ¿cómo sería?
- Pues -empezó de forma pensativa- debería ser alto y fuerte, de ojos azul intenso y cabello rubio al viento. Con una personalidad arrebatadora, de esas que te arrastran a hacer cosas que jamás hubieras imaginado. Me gustaría que me hablara con respeto y ternura, que desease ser padre tanto como yo, que no necesitase mi dinero, que fuera educado y de buena familia y que fuera bueno en la cama -Raquel se sorprendió a sí misma por lo superficial que estaba siendo. En realidad ella no era así en absoluto, y miró desesperada a Olga mientras apuntaba todo lo que ella iba diciendo en el ordenador. Quizá lo que Raquel estuviera describiendo fuera la contraportada de un folletín al más puro estilo de Corín Tellado, pero ella le pedía mucho más a la vida, y precisamente por eso había acabado sentada en el despacho de la casamentera contando sus miedos, sus expectativas y sus fracasos a una rubia rusa a la que no conocía de nada-. Perdona, Olga, pero si no te importa voy a empezar de nuevo. Creo que estaba nerviosa y me he dejado llevar por el momento. -Se tomó un segundo para reflexionar sobre lo que diría a continuación, y siguió hablando-. Para mí el hombre perfecto sólo tiene que tener una cosa: pasión. Pasión por la vida, pasión por su trabajo, pasión por su familia. Sólo eso: pasión.
Olga le devolvió la mirada con cierta admiración, y le hizo la que sería la última pregunta del día.
- No entiendo nada. Eres joven, guapa, rica, divertida y culta. ¿Qué hace una chica como tú necesitando de mis servicios? Te voy a ser sincera, no es lo normal recibir a clientas tan fantásticas. Creo que voy a tardar muy poco en emparejarte. De hecho, tengo ya en mente a un par de candidatos que podrían encajar contigo. Y ya sabes: somos las mujeres siempre las que decidimos cómo, cuándo y con quién.

Raquel se quedó con la última frase de Olga en la cabeza. Al terminar la entrevista, ambas se levantaron de sus respectivas sillas, y la casamentera tuvo la amabilidad de acompañarla hasta la puerta. Se dedicaron una despedida de cortesía, Raquel bajó las escaleras también andando, y al salir a la calle, vio incrédula que estaba lloviendo. Normalmente le molestaría estropearse su precioso peinado de peluquería, pero ese día se sentía liberada por primera vez en años, así que empezó a caminar, notando cómo se empapaba hasta los huesos. Anduvo la enorme distancia que le separaba de su casa, y cuando llegó a la puerta, se detuvo un momento antes de meter la llave en la cerradura. Había llegado la hora de enfrentarse a Pablo una vez más, y recordó aquellas últimas palabras de Olga: nosotras decidimos cómo, cuándo y con quién. Ya estaba lista para aplicarlo a su vida. 

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lunes, 15 de mayo de 2017

3. Raquel y Juan

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Para leer la segunda parte, pincha aquí (2. Raquel y Marta).

Raquel estaba devastada. La única esperanza que le quedaba se había esfumado de la manera más extraña, y ahora se encontraba totalmente sola ante una situación que le venía más que grande. Siempre había imaginado que Marta sería su salvavidas en caso de necesidad porque, en realidad, estaba más sola que la una. No podía contar a nadie que estaba saliendo con un hombre casado. Era consciente de que los tiempos habían cambiado muchísimo, pero sabía que cualquiera la juzgaría enseguida sin siquiera plantearse nada más. Al menos ella se juzgaba cada día y odiaba su abominable doble vida.

Anduvo lo que le parecieron kilómetros, casi vidas, hasta que se percató de que podía notar el sonido de su corazón en el empeine debido al dolor que le estaban produciendo los tacones. Se paró en seco, tratando de adivinar dónde estaba. Se había pasado más de dos horas caminando sin rumbo, sin ser siquiera consciente de a dónde se dirigía. Vio a lo lejos lo que parecía un bar y tomó la decisión de ir a comprobar si estaba abierto para poder así sentarse un rato. Según se iba acercando hasta el local veía con más claridad el cartel de la puerta, con un enorme Luka's dibujado en el centro, rodeado por un millón de luces de neón rosas y azules, y pensó con condescendencia que el dueño probablemente sería un nostálgico de esos que siguen enamorados de la estética de los 80. En realidad, era eso o que estaba a punto de entrar en un puticlub, y teniendo en cuenta que no tenía ni la más remota idea de dónde estaba, decidió auto convencerse de que bien podría salir Alaska del dichoso bar, porque lo último que necesitaba aquella noche era un numerito indeseado.

Cuando era más joven solía vivir mil aventuras y sus amigos la miraban ojipláticos cada vez que les contaba animada sus últimos relatos. Entonces sintió una profunda pena por sí misma, y se dio cuenta de que ya no recordaba cuándo había sido la última vez que le había pasado algo digno de compartir ante unos gintonics bien cargados. ¿Qué quedaba ya de aquella chica divertida, que viajaba siempre con unas bragas de repuesto en el bolso porque sabía cuándo salía de casa pero no cuándo iba a volver? ¿Qué quedaba de la Raquel improvisada, de la Raquel cambiante, de lo que ella siempre había pensado que era Raquel? ¿Sería que se estaba haciendo mayor, o que había perdido esa esencia única y especial que la convertían en un torbellino casi inalcanzable?

Llegó hasta la puerta del Luka's -nunca había entendido la manía estúpida de cambiar las ces por kas-, y se asomó por las ventanas para echar un vistazo y comprobar que el friki ochenteno realmente estaba por allí y no un grupo de rumanas esqueléticas explotadas por otro rumano corpulento con pinta de mafioso a la antigua usanza. Cuando se tranquilizó al ver que en realidad no había nadie, más que una camarera bastante normal y un par de mesas ocupadas por lo que parecían grupos de amigos apurando la última, abrió la puerta con la poca fuerza que le quedaba en el cuerpo, y se sentó en una silla alta frente a la barra. Cada vez que hacía eso se sentía medio Lauren Bacall, medio Rita Hayworth, y le encantaba sentirse tan sensual como cualquiera de las grandes divas del cine americano de los años 50, con esas miradas perdidas, con esos andares amanerados, con esos maravillosos besos prohibidos entre bambalinas. Cómo le hubiera gustado a Raquel ser actriz, y cambiar de personalidad, de estética, hasta de alma cada día.

Se inclinó sobre la barra del bar, pensando en qué pediría mientras veía cómo la camarera se iba acercando a ella a cámara lenta.

- ¿Qué le pongo?-, dijo la chica arrastrando las palabras, sin mirarla a la cara, como una autómata aburrida de la vida-.
- ¿Qué me recomienda?-

La chica, que no debía tener más de veinte años, sacudió los hombros y frunció los labios sin hacer ningún ruido. Raquel lo interpretó como una falta absoluta de deseo por ayudarla, más por indiferencia que por desidia, así que se dio cuenta de que no iba a echarle una mano y a seguirla en su papel improvisado de diva de los cincuenta. Salió del rol, volvió a la realidad, y fijó de nuevo la mirada en la camarera, para pedirle una copa de Hennessy, y volver a perderse en sus pensamientos. Le rogó que pusiera algo de jazz si fuera posible. Tomar cognac con los últimos éxitos comerciales era casi un sacrilegio, una falta de respeto hacia la vida. Se fijó en cada uno de sus movimientos, en cómo se dirigió hasta un antiguo tocadiscos -parecía que había acertado con la teoría del dueño nostálgico de otra era- y ponía un disco con lo mejor de Billie Holiday. Después se metió en lo que parecía un diminuto almacén y salía al instante con la botella cerrada. Se sintió afortunada al darse cuenta de que iba a estrenar el licor ella, y observó con fascinación cómo iba cayendo el líquido en la enorme copa de balón que, si bien no era la más adecuada, al menos permitiría oxigenar correctamente su bebida. Cuando terminó de servir, Raquel cogió la copa con la mano, girándola ligeramente, tratando de deleitarse con los olores que iban surgiendo con cada movimiento. Dio un sorbo y notó cómo le abrasaba toda la garganta. Entonces se dio cuenta de que ya estaba preparada para analizar su situación y trazar un nuevo plan.

En el fondo sabía que era como una bomba de relojería a punto de estallar, y entendía que a los hombres les asustara ese torbellino lleno de vitalidad, lleno de emociones. Durante su juventud había estado con varios chicos de su edad hasta que se dio cuenta de que ella lo que realmente necesitaba era un hombre de verdad, con cada una de sus letras. Un hombre que supiera guiarla a lo largo de la vida, con sus altibajos emocionales, su maravilloso e impoluto caos y sus extrañísimas manías. La primera vez que descubrió aquello fue en los brazos de Milo, un argentino encantador diez años mayor que ella, que la trataba como un galán de los de antes, abriéndole las puertas y apartándole la silla en los restaurantes. La historia de Milo duró poco: al mes de empezar a salir había descubierto que el caballero andante era un cazafortunas en busca de una heredera en el viejo continente para conseguir papeles y liquidez. El día en que se dio cuenta de aquello se sintió como una auténtica idiota, pero por otro lado, agradeció al cielo haberlo descubierto a tiempo, por lo que le explicó de la manera más sincera posible que ella era más pobre que las ratas, y a él le faltó tiempo para salir corriendo en busca de otra preciosa jovencita millonaria a la que engatusar. Y así fue cómo Raquel reafirmó la teoría de su padre de que una nunca debía fiarse de un argentino.

Su siguiente conquista había llegado poco tiempo después, cuando Raquel quedó fascinada ante un hombre de mundo que le doblaba la edad. No quería ni acordarse de su nombre, aunque sabía perfectamente que se llamaba Juan. Aquel hombre había sido un verdadero gimnasio espiritual para ella y, de alguna manera, le echaba de menos. Sentía que era su alma gemela -en una comunión intelectual más que física- en un universo perfecto de excentricidades solitarias. Juan llegó a su vida de la forma más extraña: Raquel estaba en la cola de la pescadería bastante acelerada, y él le había cedido su turno. Desde entonces, había empezado a ir cada semana al mercado los jueves a las cinco con la esperanza de volver a ver a aquel señor, ya que algo dentro de ella le impulsaba a querer hablar con él una vez más. A la cuarta semana iba a tirar la toalla y a cambiar su rutina, cuando coincidió de nuevo con él. Ese fue el principio de una preciosa amistad que duró un par de años, y que acabó el día en que él quiso dar un paso más en la relación. Si a ella no le hubiera pillado totalmente desprevenida, puede que se hubiera atrevido a saltar con él. Pero en el fondo sintió miedo, no sabía si a la diferencia de edad, o a la profunda admiración que le causaba. En cualquier caso, Raquel quiso desaparecer y él no se lo impidió, por lo que dio por hecho que tampoco estaba tan interesado, y al cabo de un tiempo ya estaba a otra cosa.

En aquel preciso instante, con la mente ya un poco achispada tras tres tragos largos de cognac, sintió una necesidad casi olvidada de llamarle, y recordó con melancolía algo que él le había dicho cuando aún eran amigos: existe una fuerza cósmica que hace que no te encuentres nunca más a tus ex, incluso aunque seáis vecinos. A Juan no podía ponerle la etiqueta de ex, quizá como mucho la de ex amigo, aunque ambos sabían que habían sido mucho más que eso. Entonces cogió el teléfono y le llamó, arrepintiéndose al instante de haberlo hecho. Pero ya era tarde, y Juan había contestado al otro lado de la línea:

- ¡Hola! -dijo él animosamente, con aquella voz cascada tan característica-.
- Hola -contestó ella mucho menos entusiasta. No sabía ni qué decirle-. ¿Qué tal estás?
- Estoy realmente bien. ¿Tú qué tal?
- Yo... -dudó un instante. No sabía si quería que realmente le contara cómo estaba o preferiría una respuesta de cortesía. Optó por ir a lo seguro-. Estoy bien, sin mucha novedad.
- Eso es fantástico -se hizo un silencio un poco incómodo-. Ha pasado mucho tiempo. Me alegro mucho de oír tu voz.
- Yo también, la verdad. Y sí, ha pasado mucho tiempo. De hecho, si te soy sincera, he cambiado mucho.
- Eso es normal. Cuando nos separamos, eras una niña. Probablemente ya seas una mujer.
- No sabría qué decirte... Antes era más sabia. Al menos tenía las cosas bastante más claras...
- ¿Qué te ha pasado? -preguntó él, y Raquel sintió inmediatamente el alivio de saber que aún la conocía casi mejor que ella misma-.
- Nada, una relación complicada. Y que hoy te echo de menos.
- ¿Complicada por qué? -probablemente no quiso dar importancia al último comentario. Juan siempre había sido un hombre sabio. O al menos, un gran conocedor de las mujeres en general y de ella en particular-.
- Porque estoy saliendo con un hombre casado, lo que ya de por sí es bastante complicado. Y porque quiero dejarle y no se deja dejar.
- Pues sí que parece complicado, sí. Pero... -dudó un segundo antes de seguir-. ¿Tú le quieres?
Raquel se quedó callada. Notaba la respiración de Juan al otro lado del teléfono, esperando pacientemente una contestación que ni siquiera ella era capaz de responderse a sí misma en un tono de absoluta sinceridad. Suspiró lánguidamente y acabó respondiendo con la voz quebrada:
- No lo sé.
- Pues eso es lo primero que tienes que averiguar. Da igual que esté casado o que sea el mismísimo Papa de Roma. Lo importante es que te aclares, y así podrás vivir feliz contigo, sabiendo que estás siendo coherente, y actuando en consonancia con tus emociones y tus pensamientos. Pero si mantienes una relación complicada que ni siquiera deseas, entonces no serás feliz jamás.
-Ya lo sé... -volvieron a quedarse en silencio, y ella se rindió a la única emoción que no podía controlar en aquel preciso instante-. ¿Te apetece tomarte una copa conmigo?
- Claro -contestó él rápidamente-. ¿Dónde estás?
- En un bar a las afueras tomándome un Hennessy. Recuerdo lo mucho que te gustaba...
- Sí, aunque ya apenas bebo. Dame la dirección que llamo a un taxi y voy para allá.
- Espera un momento, que voy a preguntar.

Raquel llamó con la mano a la camarera para avisarla de que se acercase. Cuando estaba lo suficientemente cerca, le preguntó por la dirección del local, a lo que le respondió que estaban a punto de cerrar y que no aceptarían más clientes a esas horas. Se quedó un poco conmocionada. De todas las cosas imprevisibles que estaban sucediendo durante ese día, lo último que esperaba era que cuando por fin se había decidido a quedar con un antiguo asunto sin resolver, le dijeran que no podía ser en aquel ambiente tan rancio y perfecto a la vez para un reencuentro sin sobresaltos. Entonces apeló una vez más a la sensatez, cogió con fuerza el teléfono y dijo:

- Lo siento mucho, Juan, pero están a punto de cerrar y la verdad es que yo estoy agotada. Creo que me voy a ir a casa. ¿Te parece si quedamos mejor otro día?
- Claro -contestó él sin mostrar ninguna emoción-. Avísame cuando quieras.

Y así, sin más, colgó el teléfono con una mezcla entre orgullo y nostalgia. Hizo un resumen de la jornada, y se dio cuenta de lo aberrante de todo el día: había quedado con la mujer de su amante para que le alejara de su lado sin obtener el más mínimo resultado, se había desollado los pies por caminar más de diez kilómetros con sus mejores zapatos de tacón, se había emborrachado en el que probablemente era el bar más cutre en el que había estado en toda su vida, y había retomado una historia moribunda que ya creía en el olvido. Se sintió un fracaso absoluto como mujer, más aún, como ser humano. Y se sintió también ridícula al saber que Pablo la había llamado unas mil veces y ella no le había cogido el teléfono. Entonces no le quedó más remedio que reconocer -reconocerse a sí misma- que tenía pánico a la soledad, y que no tenía ánimos para enfrentarse a ella. Sacó un par de billetes arrugados de la cartera y los dejó en la barra a modo de pago por su consumición, bajó del taburete de un salto, se pintó de nuevo los labios -ya pálidos tras todo el día sin retocar-, y se rindió a sus emociones. Sacó el teléfono del bolso para acabar fracasando estrepitosamente una vez más esa noche. Marcó automáticamente los números que se sabía de memoria, y contestó de la manera más dicharachera de la que fue capaz:

- Hola, querido. Siento no haberte llamado antes pero he estado muy liada... Espérame despierto que ya voy para casa.

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jueves, 11 de mayo de 2017

Poesía y percusión

Me impresionan tus sorpresas, esos lienzos en blanco que me invaden, que me invitan, que me salvan. Esos pocos segundos que me recuerdan a un humo casi inerte que me trasladan a un mundo mágico, casi inimaginable.  Gracias por recordarme que todas las poesías acaban en tu boca. Invítame a otro vino y luego hablamos. Dame un respiro, ayúdame a quedarme sin aliento. Atrévete a besarme como si ayer no existiese, solo un mañana.  Un amanecer  de color ámbar, que me desnudaba, que me medio arrastraba. Dame un poco más de ese veneno que me embriaga. No me cuentes tus inversiones, no me desparrames, no me distraigas. Que ya casi es de día -un día más- que ya me salvas. Me recuerdas a un señor, a tantos otros que casi me embalsaman. Duérmeme entre susurros, dame todas las canciones -¡todas!- que me faltan. Esta soy yo. Tómame. Y luego canta.

2. Raquel y Marta

Para leer la primera parte, pincha aquí (1. Raquel y Pablo)

- Sí, soy yo. ¿Quién es usted?
- Soy una persona que... -dudó un segundo más de lo necesario en si decirle su nombre o no, y finalmente decidió dejarlo así. Tampoco deseaba dar más información de lo estrictamente necesario-. Tengo entendido que se llama Marta. Me gustaría hablar con usted.
- ¿Qué desea? -contestó ella un poco alterada-. ¿Pablo está bien?
- Sí, sí. No se preocupe -Raquel trató de tranquilizarla-. Es sólo que considero que... 

Colgó el teléfono en un impulso irrefrenable. ¿Pero qué demonios estaba haciendo? Estaba harta de Pablo pero eso no le daba permiso para arruinarle la vida. Sus problemas conyugales eran sólo suyos, y ella ya sabía dónde se metía cuando aceptó la primera caricia de aquel malvado canalla encantador. Cogió otro cigarrillo, y se quedó sentada en el descalzador de la entrada, con la mirada perdida, sin saber muy bien qué hacer. Le hubiera encantado tener a alguien con quien contar, una mano conocida que le diera una palmada, una amiga con la que compartir todo este embrollo emocional que la tenía aprisionada en una cárcel inhumana desde hacía años. Le encantaría poder hablar con su madre, aunque era consciente de que jamás hubiera compartido el adulterio de su amante con ninguno de sus progenitores. Sus padres habían sido muy pulcros con su educación, especialmente en lo referente a la moralidad, y no estaba dispuesta a darles la noticia de que todo aquel esfuerzo no había servido absolutamente para nada, porque hay veces en que el corazón no entiende de ética. O al menos ella lo veía así.

No entendía por qué le costaba tanto dejar a ese hombre. Se habían cumplido todas y cada una de sus predicciones. Después de hablar con él por enésima vez, todos los huesos de su cuerpo habían perdido firmeza y se había derretido en sus brazos, pero no de amor sino de desidia. No sabía decir que no a Pablo, y se descubrió una vez más calculando el periodo del ciclo menstrual en el que se encontraba. No imaginaba nada peor que la posibilidad de quedarse embarazada de ese hombre.

Volvió a calzarse los pies con sus delicadas zapatillas de tacón, se anudó mejor la bata de seda blanca, y anduvo los pocos metros que la separaban del salón, para abrir el mueble bar con forma de mapa mundi y sacar un fabuloso whisky escocés que escondía tras mil botellas de oporto y ginebra. Las dudas había que enfrentarlas a lo grande. Al menos su abuela, a la que apenas recordaba, siempre decía eso. Dio el primer sorbo y notó cómo el líquido le abrasaba la garganta. Definitivamente odiaba el whisky pero tenía que hacerse la valiente en aquel día de dudas y miedos. Al menos tenía que demostrarse a sí misma que tenía fortaleza en algo, aunque fuese solo para tragar de aquella manera la bebida de los hombres.

Una lágrima impertinente se atrevió a enturbiar aquel tortuoso momento de silencio y dudas. Qué desgraciada se sentía, y qué sola. Empezó a acordarse de algunas personas que habían formado parte de su vida y de las que ya apenas sabía nada. Qué curiosa era la vida, que te unía y te desunía a capricho, sin previo aviso, tratándote como un mero títere que reza por salir de la rutina y -desafortunadamente- lo consigue. Recordó a antiguos compañeros del colegio para los que ella apenas había sido una sombra, y a los amigos de la universidad a los que hacía años que no veía. Se acordó de Jaime, y del primer Pablo; de Lucas, de Jean Pierre, y por último, pensó en el último Pablo. ¿Realmente estaba tomando la decisión acertada? Sintió que necesitaba un beso suyo, un abrazo. Y sintió el impulso de correr rauda hasta sus brazos, una vez más, envuelta en esa maldito aura de misterio que tanto la había ayudado en el pasado, pero que ahora mismo sólo suponía una trampa para sí misma. 

En el tercer escalón se paró en seco, retrocedió sus pasos, y supo que estaba cometiendo un error garrafal -una vez más-. Corrió todo lo que pudo hasta el antiguo gramófono de su padre y puso el primer disco que encontró en la pila de autores. Entonces supo lo que debía hacer. Cogió de nuevo el teléfono, aún con dudas, pero segura de estar haciendo lo correcto.

Un tono. Dos. Ninguna señal.

Volvió a intentarlo. Merecía la pena salvar su vida, y quizá -sólo quizá- la de las demás personas implicadas en aquel embrollo.

- Hola. ¿Quién es?
- Siento molestarla de nuevo, señora. Nunca debí colgar el teléfono así. Disculpe mi mala educación. Realmente quiero hablar con usted. ¿Le importaría que nos viésemos mañana y nos tomásemos un café?
- Lo siento mucho, señorita, pero no estoy segura de querer saber lo que quiere decirme. Y por supuesto no me inspira usted ningún tipo de confianza... ¿Por qué debería hablar con usted?
- Porque llevo tres años acostándome con el padre de sus hijos.

Raquel ya había llegado a un punto en el que estaba harta de andarse con preliminares, avisos o cualquier tipo de convencionalismo social. Estaba harta de la vida, y no le importaba si aquella mujer la creía o no, pero necesitaba tenerla de su parte, que fuera su aliada. Esa era la única manera de conseguir que Pablo desapareciese de su vida. Y necesitaba un cambio que la ayudase a avanzar, a seguir adelante, a volver a construir, a crear, a hacer cosas grandes. Necesitaba salir de esa rutina tóxica en la que se había atrapado ella sola años atrás.

- Perdone, señora. Jamás pretendí darle una noticia así de esta manera. Pero realmente considero que usted debería... -no sabía cómo terminar esa frase. Incluso esto era un acto de puro egoísmo-. 
- No se preocupe. Llevo un tiempo imaginándomelo, pero creo que cuando usted me llama a estas horas de la noche es porque considera que deberíamos hablarlo. ¿Sabe usted? Las mujeres tampoco tenemos muchas opciones. A los políticos les encanta decir que sí, que somos iguales, y hacen campaña proclamando las mejoras que nos propician a diario. Pero cuando una se casa con un mal hombre, no tiene mucho más que aguantarse o divorciarse. Y en realidad, ninguna de las dos opciones hace feliz a una mujer. Creo que sé lo que me va a decir, pero al menos ha tenido la valentía de dar la cara, y sólo por eso, estoy dispuesta a escuchar lo que quiera decirme. La veo mañana en el Café de les Quereis a las cuatro de la tarde. ¿Sabe dónde está?
- Sí, señora. Allí estaré.

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Raquel sintió que le debía algo al mundo. Subió las escaleras una vez más y se metió en la cama, sintiéndose como Mata Hari en su primer asalto. Abrazó a Pablo por detrás, siendo más que consciente de la traición que estaba a punto de cometer. Él se giró e hicieron el amor despacio. Raquel sabía que aquella sería la última vez, y quería atrapar aquel último recuerdo para poder llevarlo para siempre en su memoria. Puede que en realidad sólo se estuviese engañando a sí misma, mitigando el horripilante dolor agudo que provocaba la soledad, pero aquella noche todo le valía, y acostarse con Pablo era lo único que podía saciar su sed de amor, por muy efímero que fuera.


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Raquel llegó al Café de les Quereis a las cuatro menos diez. Siempre había sido puntual, pero aquel día quiso adelantarse a su compañía por miedo a que le diera plantón. Nunca se había considerado una chica guapa, y por lo que había oído, Marta había sido una diosa. Necesitaba prepararse para enfrentarse a la mujer que había conseguido una promesa de su amante. 

Estaba absorta en sus pensamientos cuando un camarero le tocó inquisitoriamente el brazo, como obligándola a volver al mundo:

- Señorita, ¿se encuentra usted bien?
- Sí, perdone. ¿Me decía...?
- Nada, sólo le preguntaba si quería usted algo.
- Pues sí -Raquel barajó sus opciones. Era pronto para una copa y tarde para un vino. Necesitaba alcohol pero no deseaba parecer una adicta-. Un café con leche, por favor. 
- Marchando.

El camarero se fue raudo y pidió a gritos su café a través de un ventanuco enano que había al fondo del bar. Le resultó desagradable que se hablaran de forma tan indecorosa, pero por otro lado, sabía que probablemente jamás volvería a aquel precioso café parisino en pleno centro de Madrid. Dos minutos después tenía su bebida en la mesa, y una Marta algo agitada la miraba desde la puerta, tratando de observar cada gesto, y probablemente preguntándose qué tenía aquella jovencita que había conseguido alejar a su marido de su lado. 

Marta se sentía herida, y ni siquiera comprendía muy bien qué hacía allí. Se suponía que debía odiar a Raquel, y en cambio sentía lástima por ella porque había caído -como tantas otras- en las garras de un empresario granuja al que no le temblaba el pulso a la hora de firmar cheques en Chanel o Dior, pero que luego no tenía ni dónde caerse muerto.

- Buenas tardes -Marta le tendió la mano a Raquel, quizá como símbolo de paz, o simplemente fuera una mujer educada y punto-.
- Buenas tardes -respondió Raquel, envuelta en un sentimiento de esperanza y vergüenza-. Por favor, tome asiento -dijo con voz temblorosa, mientras señalaba con la mano izquierda una silla vacía frente a ella-.
- Bueno, pues aquí estamos. La esposa y la amante juntas. Supongo que querrá decirme algo más aparte de lo obvio.

Raquel dudó un instante. ¿Realmente quería decirle algo más? No había pensado jamás en el plan. Sabía que acudir a la mujer de Pablo sería efectivo, pero nunca imaginó que le preguntaría qué hacer. Suponía que ella se encargaría de llevarle a rastras hasta su casa, hacerle arrepentirse de sus malos actos, hacerle incluso lamentar haber nacido. Pero, ¿ella qué papel jugaba en aquella reprimenda?

- Pablo no me deja ir -empezó-. Le he dejado mil veces. Soy consciente de que jamás debí iniciar una relación con un hombre casado, pero ahora me siento fatal, y no consigo apartarle de mi vida. Es como una garrapata que se ha metido en mi cuerpo, en mi vida, hasta en mi casa, y no hay manera de expulsarle. Se lo he pedido, se lo he suplicado, pero no hay manera...

Marta la escuchaba, pero lo que realmente hacía era mirarla atentamente. Se sintió muy observada, pero la dejó hacer. Era lo mínimo que podía darle.

- Así que te acuestas con mi marido durante años y ahora pretendes que te solucione yo la papeleta. Es así, ¿no? Llevo casada con Pablo más de veinte años. Sé que él jamás me va a dejar, de la misma manera que sé que tú no has sido la primera ni serás la última. Llevo aguantando a ese hombre demasiado tiempo y le conozco mejor que nadie en el mundo, y lo siento, pero mi paciencia tiene un límite. Le quiero porque me ha dado tres hijos hermosos, pero también le odio. Probablemente por las mismas razones que tú. No te quiero ayudar con esto. Y de hecho creo que ni siquiera puedo aunque quisiera. Cuando una se mete en mitad de una relación corre el riesgo de enfrentarse a situaciones para las que no está preparada. Y creo que eso es lo que te está pasando. 

Marta hizo amago de levantarse, y Raquel la miró ensimismada mientras cogía su bolso de imitación, y giraba sobre sí misma para irse. Dejó un billete encima de la mesa y se giró una vez más para decirle algo:

- No me vuelvas a llamar. No merezco esto. Pero él ahora es tuyo. Busca la manera de deshacerte de él y entonces yo lucharé como siempre por llevarle a mis brazos. Mientras tanto, es tuyo. Y por eso te invita él al café. Buenas tardes.

Entonces Raquel se quedó ahí sentada viendo cómo Marta se alejaba, sintiéndose miserable al saberse minúscula, y siendo plenamente consciente de que jamas sería, ni por asumo, la mitad de mujer que era Marta. Y se despidió de ella haciendo un gesto casi imperceptible con la cabeza para que supiera, de alguna manera, que sí que la había ayudado.

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