viernes, 21 de mayo de 2010

Chueca de noche

Hace cosa de tres años fui por primera vez en mi vida a Chueca con unas amigas. Me habían dicho que era el barrio de Madrid en el que mejor se comía, y eso a mí siempre me sedujo como carta de presentación. Claro, que tengo que reconocer que tenía muchísimos prejuicios.

No sé por qué, pero sentía que a Chueca sólo iban los homosexuales, que se reunían en sus propios locales, cualesquiera que fuesen: bares, discotecas, restaurantes, peluquerías... Supongo que tenía en mi mente una idea preconcebida del ambiente gay. Imaginaba miles de locas gritando por la calle, pubs exclusivos como oda a la promiscuidad, y marimachos calentonas mirando de manera insinuante a otras señoritas...

La verdad es que me gustó que Raquel me llevase aquella noche a un lugar estupendo, en el que se comía fenomenal y a muy buen precio. Pero sobre todo, me encantó darme cuenta de que ninguna de esas cosas que yo había temido en mi cabeza eran ciertas.

Ayer disfruté una vez más de la noche madrileña, con una temperatura de lo más agradable, y miles de etnias y culturas entremezcladas en la Plaza de Santa Ana. Y al final, acabé en Chueca... Me gustó descubrir una vez más que lo importante de mi modelo mental no era el miedo a lo que me pudiese encontrar, y que en caso de que así hubiera sido, a mí me habría importado un real bledo, porque en primer lugar no soy quién para juzgar; en segundo, sólo quiero ser responsable de lo que yo hago, no de lo que hacen los demás; y en tercero, porque al fin he comprendido que la homosexualidad no es una enfermedad, ni una aberración, ni es contagiosa, ni es mala en sí misma, ni tiene la más mínima connotación negativa. Ya ni siquiera opino que haya locas o marimachos, sino seres únicos, maravillosos e irrepetibles...

Al fin y al cabo, ¿quién sabe opinar sobre las vidas ajenas? Yo, al menos, quiero aprender a usar las palabras adecuadas en cada momento. Como dice Ana: ¡qué poder tenemos cuando biendecimos!

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