martes, 8 de junio de 2010

El Elemento Sorpresa

Hace cosa de una hora estaba yo en el intercambiador de Moncloa esperando al autobús para irme a casa. Como cada día, me crucé con algunas caras incondicionales del 656A de las 16.30 horas, y nos miramos mutuamente, con esa extraña sonrisa de complicidad de los compañeros de transporte público.

Esperé pacientemente en la fila, y cuando llegó mi turno de subir, saqué mi bono de 10 pases, y me senté en un asiento que estaba libre. Yo me quedé absorta en mis pensamientos al instante, recapacitando sobre la última conversación profunda que había tenido, hablando conmigo misma sobre lo que quería hacer cuando se me acabase el contrato este viernes, y ese tipo de filosofios que uno se plantea un martes por la tarde a la salida del trabajo. 

En una de éstas, me di cuenta de que un señor que debía pasar ya los 60 se ha sentado a mi lado. Yo no le había dado la más mínima importancia, le sonreí, y seguí meditando en silencio sobre mi vida. Y qué sorpresa cuando, al girar la cabeza hacia mi izquierda, me encontré con una mirada incrustada en mis pechos, y una lengua que me resultaba del todo desagradable haciendo movimientos obscenos alrededor de su propia boca. Yo carraspeé ligeramente la garganta, y le puse mi mayor mirada de indignación a aquel hombre que no tenía ningún derecho a mirarme así.

Acto seguido, el susodicho -al que llamaré Elemento Sorpresa por su carácter inesperado- dirigió sus ojos grisáceos por todo mi cuerpo, deteniéndose en los puntos más inspiradores, e incrustándose finalmente en mis ojos, en lo que a mí me pareció al menos un siglo entero. Me sentí muy observada, muy intimidada y profundamente aturdida. Sentía que había perdido toda capacidad para reaccionar, o para decirle simplemente que no me gustaba que me miraran de esa manera. 

Pero entonces comprendí que nada es por nada, y que el Elemento Sorpresa había sido puesto en el día de hoy en mi camino para que yo aprendiera algo de esa experiencia. Así que cerré los ojos, respiré profundamente, conté hasta 10, y miré al otro lado, disfrutando del camino, deteniéndome en cada flor, en sus pétalos, imaginando el aroma que desprenderían si yo pasase por su lado... Y cuando me sentí preparada, volví a girar la cabeza hacia el Elemento Sorpresa, le miré con la mejor de las sonrisas que yo sabía dar en ese momento, y le dije, justo antes de salir del autobús: Muchísimas gracias. Hoy me ha enseñado usted algo que llevo años tratando de comprender.

Y entonces me levanté, presioné el botón que avisaba al conductor de que esa era mi parada, y me bajé, con sus ojos sorprendidos aún fijos en mí, pendientes mientras descendía por las escaleras, y también consciente de mis pasos al cruzar la calle y desaparecer al girar la esquina... 


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