miércoles, 27 de enero de 2010

El coração de Copacabana

Mi primer día oficial en Río me dediqué -como diría mi madre- a tocarme la barriga, o lo que es lo mismo, a no hacer absolutamente nada. La mayoría de los turistas se agobian por la cantidad de cosas que hay que hacer, y desde que llegan hasta que se van, están viendo catedrales, iglesias, plazas, parques, monumentos...


Yo soy algo más tranquila en todo lo que hago, y prefiero disfrutar por completo de cada instante de mi viaje, por lo que no programo mis vacaciones y me dejo llevar por el momento. Por eso, después de desayunar en el buffet del hotel a base de frutas tropicales y sabores brasileños, me fui a la playa de Copacabana a mezclarme con el color de las playas del Atlántico.

Desde el momento en el que llegué, vi miles de esculturas de arena, a cual más original y sorprendente. Algunas reflejaban las 7 Maravillas de Mundo Moderno, otras las grandezas de Río, pero todas ellas tenían algo especial que las hacía únicas.

El agua de un azul intenso se confundía con el cielo del mismo color, y se transformaba en una vista digna del mismísimo David Peart. Miles de personas de todas las razas, tamaños y estaturas, danzaban entre las impresionantes olas de 3 metros, o se refrescaban en la orilla con cubos multicolores de plástico.

A cada instante pasaban por mi lado hombres gigantes, vendiendo todo tipo de cosas: desde pareos y pendientes, hasta bebidas heladas y comida árabe. De fondo sonaba el mar acompasado y relajante, y el sol picaba tanto que te impedía quedarte más de dos minutos seguidos en la toalla.

Desde el agua, se veían perfectamente el Pao D'Açúcar y el Cristo Redentor, cada uno a un lado de la ciudad, como recordatorio de que Río tiene algo más que playa y sol.

Me decepcionó un poco comprobar que los niños no tenían barquitas, ni colchonetas ni nada que se pudiese inflar, aunque he de reconocer que allí los enanos están hechos de otra pasta, porque se podían ver chicos diminutos, de unos 5 años, subidos a sus tablas cogiendo olas, sonriendo y jugando como locos.


Las mujeres brasileñas son imponentes, y se pasean por la playa en tangas diminutos que resaltan sus caderas. Eso sí, durante toda mi estancia no vi a una sola haciendo topless. Los hombres son aún más impresionantes, todos musculosos y depilados. Una de las cosas que más me llamó la atención de Río es lo deportistas que son sus habitantes. Da igual la hora: a las 12 de la mañana o de la noche, las calles están repletas de personas caminando, haciendo footing o bailando samba. Y por supuesto, en las playas siempre hay gente jugando al fútbol.

Los brasileños siguen teniendo poblaciones indígenas, y se nota muchísimo en su aspecto. La mayoría de ellos son negros o mulatos, con los ojos rasgados y la mandíbula salida. Aunque también te puedes encontrar rubias despampanantes a lo Heidi Klum o pelirrojas como Gisele Bünchen.

Mi primer día en Río fue espectacular. Yo estaba como en una nube y no quería que acabase nunca. Pero todavía queda mucho por contar.

Continuará...



Lo que mis ojos veían en Copacabana

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