jueves, 14 de enero de 2010

Mi encantadora desconocida

Esta mañana me he montado en un colectivo, con destino al centro de Asunción, para ultimar los detalles de mi viaje a Río -que para los que aún no lo sepáis, me voy el domingo de vacaciones-.

Creo que ya comenté en mi entrada titulada Historia de un autobús, que son muchos los niños, oportunistas y maleantes, los que aprovechan el recorrido de los viajeros para tratar de vender todo tipo de artilugios. Y ciertamente son las líneas que van al centro las más concurridas por este tipo de personas, que se ganan el pan de la forma más inusual.

Pues bien, iba yo a eso de las 11 de la mañana, tan a gusto sentada (que es todo un lujo, por cierto), y de repente se subió una chica extremadamente delgada. Me llamó mucho la atención, y enseguida comprendí que iba a contarnos otro rollo estrafalario para convencernos de lo extraordinario de sus productos. Yo ya estaba dispuesta a girar la cabeza, mirar por la ventana, y hacer como que la cosa no iba conmigo, cuando de repente ella agitó la mano, y empezó a saludar a todos los presentes. Debió estar así como un minuto entero, sin cesar ni un instante en sus movimientos.

Yo creo que a esas alturas ya había captado la atención de todo el autobús, pero aún así, alzó la voz para decir un creo que nadie tiene ganas de saludarme esta preciosa mañana. Y ella siguió moviendo su mano de un lado a otro. Sentí la necesidad de devolverle el saludo. Era lo mínimo que podía hacer, después de su insistencia y su enorme sonrisa.

Cuando hubo conseguido que todos le correspondieran, dijo: antes de empezar, les voy a pedir que levanten la mano los que hoy estén de buen humor. Una vez más, mi brazo se elevó solo, como hipnotizado por la energía que transmitía aquella chica. Al final, consiguió que siete personas y media dijesen que el cielo hoy les sonreía -aunque ya ni recuerdo cómo hizo eso de las siete personas y media-. Y me pareció tan bonito, que a mí ya me tenía comprada. Vendiese lo que vendiese, yo ya sabía que al menos algo le iba a dar.

Justo después de eso, y de una clase rápida sobre emociones positivas, sacó una serie de panfletos de un bolsito diminuto, y empezó a hablar de las virtudes de la poesía. Nos explicó que un solo poema podía cambiarte el estado de ánimo, y que todos aquellos que no habían alzado la mano dos segundos antes, se verían recompensados si adquirían alguno de sus libretos. A mí me pareció una forma muy creativa de vender, cuanto menos diferente a todos los demás, y bastante más agradable.

Antes de repartirla entre los que estábamos allí, nos explicó que nos iba a dejar leerla antes de adquirirla, y que si nos gustaba, sólo teníamos que ofrecerle a cambio la voluntad. La poesía no tiene precio, y ella no iba a ser quién lo pusiera. Una vez que hubiésemos terminado -siguió-, podíamos comprarla, o simplemente devolvérsela, con una gran sonrisa en la boca de oreja a oreja. E insistió en este último punto, porque le pareció fundamental para que llegásemos a disfrutar por completo de nuestro día de hoy.

Cuando terminó su disertación, repartió a cada uno un poema titulado Alguien. Yo lo leí atentamente, y me pareció muy malo, pero la chica valía un potosí. Cuando le tocó el turno de acercarse a mí, yo con mi mejor sonrisa, le ofrecí todo lo que llevaba en ese momento en el bolso, y le pregunté si ella era la autora de la poesía. Me dijo que no, que en realidad la poetisa era una amiga, y que ella sólo trataba de captar la atención de los viajeros, consciente de lo difícil que es comunicar algo y que la gente te siga durante más de unos segundos.

Charlé con ella un rato, y me pareció una verdadera maestra de la comunicación. Si yo hubiese sido una cazatalentos, de verdad que le hubiera ofrecido un trabajo en mi empresa, y en ese momento lamenté no tener más tiempo para pedirle su número y quedar con ella algún día, porque era una persona con la que me encantaría empezar una amistad.

Todos pensábamos que el show ya había acabado, cuando reapareció, y nos dio las gracias por la colaboración. Pero lo mejor vino al final, cuando nos recordó que en la vida, pase lo que pase, debemos tener siempre presente la paz, el amor y la alegría de vivir.

Entonces se bajó del autobús como por arte de magia, y se fue caminando tranquilamente calle abajo, seguramente en busca de nuevos pasajeros a los que sorprender...

Ahora, unas horas después, no dejo de acordarme de aquella desconocida, que parecía más bien un hada madrina, y aún conservo el deseo de volver a encontrarnos en un colectivo, o vaya usted a saber, en cualquier lugar del mundo. Siempre con una sonrisa.


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