domingo, 3 de enero de 2010

La mangueada

Las costumbres a las que tú eres fiel son algo absolutamente casual, porque depende de la familia, la religión y el país en el que hayas nacido, para que te hicieras devoto de unos ritos u otros. Aún así, todos los países tienen rituales propios de su cultura, algo que les caracteriza y que les convierte en únicos en el mundo. Por ejemplo, Japón tiene su famosa ceremonia del té, los musulmanes dibujan las manos de sus mujeres con preciosos motivos en henna, y los españoles no nos imaginamos un domingo sin aperitivo a base de cañas, aceitunas y alguna que otra patatuela.

Pues bien, Paraguay tiene la mangueada, con sus instrucciones y todo. Después de la siesta, a media tarde, alguien agarra una palangana y la llena de agua. Todos los presentes interesados en participar de la mangueada, van con el portador del barreño, y le siguen hasta el destino final: el árbol del mango, y se sientan a la sombra, en algún lugar estratégico.

Yo hoy me me he ido con la hermana Yolanda, y he imitado sus pasos siguiendo el consejo de mi padre de a donde fueres, haz lo que vieres. He seleccionado unos cuantos mangos, y he empezado a comer el primero. Aquí se comen con cáscara y todo, y están tan buenos que parece que te estás tomando un caramelo o algo así. A los dos segundos de dar el primer mordisco, ya estaba toda entera cubierta de un líquido pegajoso y amarillo, con un sabor delicioso. Y entones entendí por qué aquí los mangos no se toman de postre como en España, y hay que prepararse previamente por lo que pueda pasar.

Pero por si esto fuera poco, ha vuelto a llover a mares mientras yo estaba ahí, por mi tercer mango de la tarde. Hemos corrido la hermana y yo a refugiarnos de la intensa lluvia, pero en el mismo instante en el que me mi pie se ha posado sobre la primera baldosa del suelo, me he dado cuenta de que lo que realmente quería era comer mangos bajo la lluvia. Es increíble la sensación que produce el agua sobre la piel, relajando todos los músculos del cuerpo, aliviando el intenso calor producido por la humedad, y fusionándote con la mismísima naturaleza. Es una experiencia grandiosa, pero yo además hoy la he convertido en una aventura digna de cualquier eslogan publicitario: he vivido Paraguay con los cinco sentidos.



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