sábado, 9 de enero de 2010

La historia de la muñeca

Hoy tengo que mostrar mi indignación ante la situación de los niños del comedor. Hacía días que no me sentía tan impotente, pero hay veces en que ni todas las palabras del mundo pueden menguar el malestar que se le forma a una frente a determinadas circunstancias.

Una vez más, me gustaría hablaros del clan Acosta -que para qué vamos a engañarnos, se han convertido en mis enchufados-. Hace un par de días, llegó Carlos, el mayor, llorando a moco tendido. Sus ojos reflejaban una rabia que no atino siquiera a explicar, y no quería contarme nada de lo que había pasado. No me gustó, y me quedé con el runrún en la cabeza y los ojos bien alerta.

Un rato después, el disgusto se contagió a su hermano Sergio, que con tan sólo dos años menos que él, ya se entera perfectamente de todo lo que pasa. Ambos estaban enfadados, agresivos, desesperados. A mí se me encogía el corazón de solo mirarles, y no sabía ni qué decirles para tranquilizarles un poco.

Pero la gota que colmó el vaso fue cuando, al día siguiente, llegó Librada hecha un mar de lágrimas. Tras una larga hora de interrogatorio y arrumacos, conseguí sonsacarle cuál era el problema: su abuela había vendido su muñeca, la que yo le había dado con tanto cariño el día anterior.

Me dieron ganas de ir a buscar a esa señora y abrirle la cabeza. Y también quise ir hasta Argentina, mover cielo y tierra hasta dar con su madre, y traerla de vuelta aunque fuera a rastras.

Pobres niños. Desde luego que voy a hacer todo lo que esté en mi mano por que su situación cambie.



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