martes, 12 de enero de 2010

Mujeres

Una de las cosas que más me frenaban a la hora de tomar la decisión de venir a Paraguay, era precisamente un prejuicio que tenía sobre las monjas. No sé por qué, pero hasta la fecha, todas las religiosas que había conocido sólo podían ser descritas con una palabra: ñoñas.

Aún así, me animé a venir guiada únicamente por el modelo de mi tía, que siempre me había parecido bastante normal.

Cuando llegué, empecé a conocer monjas, una tras otra. Cada vez que tenían que hacer algún recado o gestión, se alojaban en Asunción el tiempo necesario -que nunca era mucho- y volvían a sus comunidades de origen. Y la verdad es que a mí no me parecieron ñoñas en absoluto...

Desde el jueves pasado, una procesión de hermanas han ido entrando por la puerta de la casa, para quedarse unos días. Hoy comenzaba un retiro silencioso de una semana, que para ellas es como estar vacaciones, y tenían que reunirse en la casa regional, es decir, aquí.

A la mayoría de ellas ya las conocía más o menos, pero otras han sido un descubrimiento. Me gustaría hacer un repaso de lo que más me ha llamado la atención de todas ellas:

La hermana Andresa y la hermana Vicenta son gemelas, y ambas eligieron esta congregación para dedicar su vida. Hace 20 años que hicieron juntas los votos perpetuos, y aunque hoy en día viven separadas, en cuanto se encuentran, es imposible no verlas unidas ni un instante. Se nota que tienen un vínculo más allá de toda lógica, que las une de una forma extraordinaria y especial.

Por otro lado, la hermana Eulalia, es para mí ya como una abuela. Siempre está pendiente de todas, y a veces se me acerca a hurtadillas, y me susurra al oído algo así como ¿te gusta la tortilla española?. A lo que yo obviamente respondo ¡pero cómo no me va a gustar!. Y esa misma noche tengo un tortillón de cena, y qué sabor, qué olor... La mejor que tomé en mi vida. Entonces, cuando yo ya estoy que reviento, me dice medio enfadada: pero come más, que no me comes nada. La primera vez que me dijo eso casi se me saltan las lágrimas de la emoción. A mí nunca nadie me había dicho que comía poco, sino más bien todo lo contrario. Y me gustó tanto, que ahora la hermana Eulalia me cuida fenomenal, y -aunque esté mal decirlo- se ha convertido en una de mis favoritas.

La hermana Cecily viene de la India, y es una mujer admirable. Sabe fusionar a la perfección ambas culturas, la occidental y la oriental, y siempre se queda con lo mejor de cada una. Yo paso muchas horas hablando con ella, y le hago preguntas sobre saris, reiki, yoga y mil cosas más que me interesan muchísimo. Ella siempre responde paciente y alegre, contagiada en parte por mi entusiasmo y mis ganas de aprender. En su honor, algún día visitaré la India como Dios manda.

La hermana Mercedes es la mayor del grupo, y tiene exactamente la misma edad que la Churru. La tía Concha suele decirle que es como su madre, y a ella le encanta sentirse útil de alguna manera. Siempre anda paseando, con un bastón en la mano, y una madeja de lana en la otra. A veces me pregunto a quién demonios regalará las miles de bufandas que hace, porque con este calor no servirían para nada, pero al menos ella parece feliz con sus bordados y sus historias...

La hermana Esther es como un todoterreno. Da igual lo que le echen, ella siempre lo sobrepasa. El otro día montó a ocho monjas (y a mí) en una camioneta de esas atómicas, metió primera, y dijo un simple agárrense que nos vamos. Yo siempre la llamo doña Esther, o también la monja atómica, porque realmente lo es.

La hermana Javier es alucinante. Tiene casi 80 años y aún sigue bailando la jota. Parece que se viste de sonrisa por las mañanas, y tiene una voz muy melódica. Esta tarde yo me he sentado a escucharla, y casi me transportó hasta una película de los años cuarenta. Sentía que en cualquier momento sacaría un paquete de Ducados, y contaría historias de la guerra. Pero no, más bien se puso un vaso de agua y recordó en voz alta momentos de su niñez...

Hay tantas hermanas especiales, tantas, que con una sola entrada no podría ser fiel a sus retratos. Pero si hay una cosa que sí he sacado en claro es que, no sólo no son en absoluto ñoñas, sino que además, por encima de todo, siguen siendo mujeres.



1 comentario:

Concha dijo...

Gracias por este reflejo, me ha encantado!