lunes, 1 de marzo de 2010

Olé

Esta noche soñé que estaba en España. Había quedado con mis amigos para tomar algo a media tarde y, casi sin querer, nos habían dado las 3 de la mañana. Soñé que era marzo, y las primeras terracitas ya se habían montado en los paseos de las ciudades. Y en los pueblecitos -como en Torremenga-, las señoras ya salían a bordar a las puertas de sus casas, sentadas en sus sillas de enea, siempre de riguroso luto. 

Soñé que pasaba la mañana en el Thyssen viendo una exposición temporal de Magritte, y que después me sentía tan poética que necesitaba sacar mi cuaderno marrón del bolso, y empezar a escribir un aluvión de ideas maravillosas e inconexas. Soñé que paseaba por la playa de Gijón, y sentía entusiasmada el frío del Cantábrico en mis pies a cada paso.

Soñé que corría como una niña por la Ciudad Encantada, y que jugaba al escondite entre las inmensas rocas. También soñé que me perdía por el laberinto del Palacio de La Granja, y que al anochecer, me sorprendía un espectáculo de luces en las miles de fuentes repartidas por todo su jardín.

Soñé que recorría los viñedos de Arzuaga, y que aprovechaba para visitar el Tordesillas de Juana la Loca. Soñé que navegaba por Galicia, y que el mero olor a mar inundaba mis sentidos, como gotas de rocío al amanecer.

Soñé que pasaba un día en El Escorial, que me acercaba hasta la Silla de Felipe II, y disfrutaba de la vista panorámica de Madrid, con sus cuatro nuevos edificios incluidos. Y justo después, me tomaba un buen cocido charolés. Soñé con la Mezquita de Córdoba y sus columnas dispares, con la Giralda y el Guadalquivir... Y con las playas gaditanas... Y con  mil noches en La Alhambra...

Llevo España en el corazón, y en cuanto me alejo, siento que me falta un trozo de alma. Por eso, cuando vuelva, juro solemnemente ir al menos una vez a los toros y también a un tablao flamenco (sí, lo sé, es una vergüenza que aún no haya ido nunca en mi vida a ninguna de estas dos actividades tan... españolas). Porque sé que todo eso forma parte de mí, de mi cultura y también, en cierto modo, de la persona que hoy soy...

Cuando salgo de mi país, la gente no se cree que sea española. De hecho, suelen etiquetarme -¡odio las etiquetas!- como inglesa, norteamericana, alemana u holandesa... Pero la realidad, es que soy amante del sol y del Mediterráneo, llevo a Sabina en la boca y a Dalí en el pensamiento, bebo tempranillo, fomento su exportación y si puedo, elijo siempre una buena tostada de jamón con tomate para acompañarlo. El aceite me gusta de oliva, y la cerveza de Mahou. Me encanta pasear por las calles y ver aún a las madrinas de las bodas con las clásicas peinetas negras, y también adoro el asentillo andalú. Mi familia es española, mis amigos son españoles y mi hogar está allí. Ya lo dije una vez, pero insistiré: da igual lo lejos que me vaya, porque siempre regresaré a España.

Y por último, como guinda final, os dejo un video -recomendado por mi padre- en honor a todos aquellos andaluces (y españoles) que estáis fuera de España. Para que recordéis lo que os espera cuando volváis a casa: 

1 comentario:

concha dijo...

Ay que gusto da leer cositas como esta! :-)
Que gusto da ser Español! :-)
Besos guapa!