miércoles, 9 de diciembre de 2009

Viaje al centro de la naturaleza


Siempre me resulta sumamente estimulante descubrir sitios nuevos, y más aún si el sitio en cuestión es de mi agrado.

Hoy, día de la Inmaculada Concepción, es fiesta en la mayoría de los países católicos, y Paraguay está claro que es uno, por lo que he vivido mi jornada como si de un domingo se tratase. ¡Y cómo he disfrutado de mi día!

Por la mañana he cocinado para las hermanas, y he de decir que aunque mi intención era hacer una lasagna –que es lo que me han pedido-, he tenido que ir cambiando la receta sobre la marcha, hasta conseguir algo similar aunque de lo más variopinto, y que he bautizado con el poco original nombre de lasagna paraguaya, en honor a su origen geográfico.

Después de degustar mi invento, bastante light aunque muy trabajoso, y de causar sensación con el mejunje de verduras y láminas de pasta, nos hemos echado una siesta de las que hacen historia –qué gustito dan esos días de fiesta en los que no haces nada-. Y por la tarde, como mi plan original se ha visto truncado por los infortunios de los problemas técnicos de las nuevas tecnologías, me he ido con la hermana Andresa a conocer el Jardín Botánico.

Llevaba varios días queriendo ir porque todo el mundo me hablaba maravillas de ese curioso parque, y tras caminar unos 10 minutos, me he topado de bruces con una de las cosas más impresionantes que he visto en mi vida y, aunque totalmente distinto de los paisajes europeos, os aseguro que no tiene nada que envidiarle al Versalles parisino, ni a los palacios imperiales de Viena, ni al Callejón del Oro de Praga.


El Jardín Botánico es un parque inmenso, del estilo de nuestro Retiro madrileño, pero con una vegetación mucho más extensa, tropical, cuajado de cocoteros, palmeras, sauces –y unos dos millones de especies más que no supe identificar, pero que resultaban deliciosas a la vista-. Kilómetros y kilómetros de paisaje multicolor, donde los tonos pastel se entremezclaban con los colores más vivos. A cada paso descubría una flor nueva y extraordinaria, que parecía ser un retrato fiel de cualquier oda a la vida, y cuando ya pensaba que no podía encontrar nada más bello, me topé con un espacio inmenso plagado de monos, cisnes, tortugas y osos hormigueros. Una diminuta valla –aparentemente de lo más endeble- era lo único que me separaba de acariciar los lomos de los animalitos, y un lago en el medio, cuajado de nenúfares, habría dejado en ridículo al mismísimo Monet.

Una vez más, me siento limitada por las palabras, y me frustra enormemente no poder regalaros un pedazo del jardín botánico, con su zoo en el medio, y su elefante, y su león africano… Me gustaría mandaros aunque fuese un mísero rayo de sol filtrado a través de las hojas de los árboles…

Me he pasado toda la tarde en ese parque, disfrutando de cada instante, del olor embriagador a eucalipto, y del paisaje inigualable… ¡Parece mentira que exista un rincón así en el mundo! Desde luego, venir a Asunción merece la pena sólo por pasar un día entero en el Botánico. ¡Creo que ya he descubierto mi atracción favorita!





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