martes, 1 de diciembre de 2009

Incorrectamente político

Una cosa que me llama especialmente la atención del Paraguay, es todo el tema político, que para ser sinceros, tiene bastante tirón.

Resulta que después de vivir una dictadura -no voy a entrar en detalles aburridísimos de nombres, fechas e ideologías-, un golpe de estado por parte de un señor que vive en una mansión igualita a Versalles con una grifería de oro (según dice, capricho de su mujer), y algunas elecciones de dudoso resultado, hace apenas un año se produjo un cambio político de lo más desconcertante.

Había un obispo en Asunción, de nombre Fernando Lugo, muy querido por la población en general, especialmente por el campesinado de los alrededores y del interior del país. Mientras tanto, la vida política en Paraguay era algo estable dentro de su propia inestabilidad, primero porque el mismo partido llevaba ya 60 años en el poder, y también porque la corrupción, el nepotismo y la cleptocracia estaban a la orden del día -algo así como en la época de Cánovas y Sagasta en España-. Así que el ya citado obispo se hizo responsable del problema y prometió a todo el país un Paraguay mejor, cambió la sotana por el bastón de mando, y se presentó a las elecciones bajo el lema "Dios, patria y familia".

Teniendo en cuenta que la población paraguaya es en su mayoría católica, practicante y más que devota, que un obispo se presentase a presidente del gobierno les encandiló de tal manera que Lugo casi no tuvo que mover un dedo, porque el resultado estaba casi escrito. Y como ya he dicho, en agosto del año pasado se convirtió en el nuevo Jefe de Gobierno.

Al principio, la gente estaba contentísima, y decían orgullosos a los extranjeros que ellos tenían un presidente obispo, y los comentarios que surgían de las rondas de tereré santificaban al gran Lugo, un sacerdote que luchaba por su país y por su pueblo.

Pero tan sólo un par de meses después, una señora hasta el momento desconocida exigió públicamente al presidente obispo una pensión adjudicándole la paternidad de su hijita. Y él, también públicamente aceptó, afirmando que no se podía negar la evidencia. Y como es natural en estos casos, al poco tiempo empezaron a surgir niños y madres, que juraban solemnemente ser descendientes de Lugo.

Entonces la gente se empezó a proclamar -en palabras de ellos mismos- decepcionados con el presidente, que ascendió al poder precedido por su imagen eclesiástica y moral, prometiendo una vida mejor, y ahora resulta que no roba como el anterior presidente (o al menos no que se sepa de momento) pero es un padre en todos los sentidos de la palabra. ¡Y te lo cuentan indignados!

Me pregunto qué hubiese pasado si la gente en vez de votar a un señor por ser obispo se hubiera basado en otro tipo de fundamento a la hora de ofrecerle su confianza. Y ojo, que yo ni siquiera sé qué defiende este señor en concreto, ni tampoco en qué consistía su programa electoral ni si está cumpliendo sus promesas, pero sí sé que la vida política no se debe mezclar con la espiritual, porque la primera no participa en absoluto del crecimiento del alma, y si algo sale mal puede perjudicar enormemente a la segunda. Y esto me lleva a mi siguiente reflexión: ¿cómo te puede decepcionar un presidente por tener hijos? Eso sólo ocurre cuando esperas algo diferente de lo que en realidad es, y tienes motivos para esperar... Un político debe elegirse en base a su programa, a lo que deja escrito en un papel en los días previos a las elecciones, y no en lo que representa. Y si te decepciona, es porque no votaste a sus promesas sino a él mismo.

Yo tengo que decir que durante los últimos 6 años de mi vida he estado afiliada a un partido político, convencida de que de alguna manera estaba cambiando el mundo, y segura de que era lo correcto. Desde mi segundo año de afiliación, comprobé que lo que yo creía correcto, dejó de serlo en mi mente y en mi corazón, y después de trabajar en un ayuntamiento, me di cuenta de que no quería vincularme nunca más a un partido político en mi vida (los motivos ya os los explicaré personalmente a quienes os interese, porque mi blog no tiene en ningún caso fines propagandísticos). Desde entonces me he borrado como quien dice, y ya no voto, porque la política es una mierda (sí, una MIERDA), y no me interesa en absoluto. He aprendido que la democracia no funciona (aunque tampoco se conozca una forma de gobierno mejor), que los políticos son todos una pandilla de incompetentes, y que las ideologías en vez de solucionar las cosas, consiguen generar peleas, reyertas, discusiones familiares y mil desgracias más.

Si nos paramos a pensar dos segundos, al fin y al cabo, la mayoría de las guerras están producidas por diferencias políticas, se han dado casos de familias que se han disuelto por discusiones políticas, y más de una amistad se ha roto también por este mismo motivo.

Cuando una cosa tan ajena a ti como el mundo político consigue generarte sentimientos muy negativos, demuestra que no hay nada bueno en él. ¿Por qué entonces seguimos esperando algo de un representante de nuestro país? No me gusta la política ni lo que se mueve en sus círculos, y al fin y al cabo, considero que es una pérdida de tiempo seguir quejándose de tal presidente u opositor, pensar que hacen todo bien o todo mal, criticar una ley o un proyecto, o especular sobre el destino de los impuestos... La vida es así porque todos queremos que sea así, y si queremos de verdad que cambie, debemos empezar por nosotros mismos.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Me Parece que los luguistas fanáticos como el autor de este blog deben dedicarse más bien a contar votos en el senado, a ver si se salvan de ser echados a patadas. Porque en Internet, hace tiempo perdieron la batalla por basureada.